Creo que en mis 17 años de trayectoria laboral, nunca hasta ahora había tenido una jornada "normal", de 35 horas a la semana, lunes a viernes de 9 a 5. Desde mis épocas de becario explotado a mis jornadas vespertinas en la Ort, sumando todas las pasantías y maternity covers, y ni que hablar durante mis años de trabajo online, desde el 2004 hasta ayer nomás.
Estaba más acostumbrado de lo que creía a la flexibilidad, al "multitasking casero" de lavar platos y poner lavadoras mientras chateaba con los yanquis. Pero aunque está costando, me tenía fe en ser tan adaptable como flexible, porque sé que a lo bueno, lo malo, y lo distinto, mal o bien uno siempre se termina haciendo.
De dejar Queen Mary lo más duro fue decir hasta luego a los colegas, por supuesto. Y de llegar a Goldsmiths lo más duro es el recuerdo de las rutinas en Queen Mary. Porque claro, la distancia endulza el recuerdo. Y trabajar de cara al público o en una oficina bullanguera es muy distinto a trabajar de catalogador en una oficina en la que todos tienen su quehacer individual y hay pocas ocasiones de interacción.
Mi capacidad de adaptación me está llevando a dialogar, mentalmente, con los libros que catalogo, que me disparan ideas y me recuerdan disciplinas que solían interesarme. Y me estoy aficionando a detenerme en las dedicatorias, que muchas veces tienen mensajes disfrutables o inesperados. Por ejemplo, ésta:
La verdad es que no me lo esperaba al abrir un libro sobre los crímenes de Slobodan Milošević...
Pero para diálogos e interacciones, mejor las de verdad, que son pocas pero buenas. No es de extrañar que entre mis nuevos compañeros tenga una relación más fluida con los que están en préstamo. Los veo poco, pero con ellos la afinidad es más natural y sencilla.
Esta tarde me pasé por el mostrador a llevar algunos de los nuevos libros que había ingresado, y me encontré con Paula, que es la única a la que conocía desde antes de empezar a trabajar aquí, y Michelangelo, a quien conocí la semana pasada. Nos pusimos a charlar y le pregunté a Michelangelo de qué parte de Italia venía. Mi oído para los acentos está completamente desnorteado de un tiempo a esta parte (Lore puede dar fe), al punto que Michelangelo resultó no ser italiano sino griego, de Salónica. Cuando se enteró que yo era uruguayo se le iluminó la cara. Yo no lo tenía presente, pero Pablo "el Canario" García estuvo jugando los últimos 5 años en el PAOK Salónica, y es poco menos que un héroe local. Parece que su juego recio, en particular contra los atenienses, le ganó la simpatía de la parcialidad tesalonicense.
Yo ya estaba "flipando" con encontrar puntos en común con un griego amante del fútbol y no demoré en contarle cómo, en 1994, conocí a la que poco tiempo después sería la mujer de Pablo García (esa ya es otra historia...). Michelangelo, para no ser menos, me dijo que su hijo, de 4 años, se llama Pablo...
Qué grande el Canario, que lo parió!
