Ayer sábado nos fuimos (por segunda vez para mí) a Vitoria-Gasteiz, esta vez a conocer el nuevo apartamento (acá le dicen piso) que Ana y su novio Asier están alquilando, a la espera de que les entreguen el piso que están pagando en hipoteca desde hace quién sabe cuánto y vaya uno a saber por cuánto tiempo más.
Las hipotecas aquí son un poco como el llegar a fin de mes allá: problema de muchos, y especialmente de jóvenes con aspiraciones de independencia. Por acá el alquiler no se estila, y a mí no me termina de cerrar del todo por qué. Mi muy parcial conocimiento de esta realidad me dice que tiene que tener que ver con la facilidad de acceso a las hipotecas que había al menos hasta hace un tiempo (que no pedían altísimas entregas iniciales, como en Uruguay), lo que desestimula los alquileres como “gasto inútil”, y también un poco de comodidad de los jóvenes, que pueden darse muchos más gustos mientras viven, hasta los 30 y más, bajo el techo paterno. Tengo la sensación que por aquí, joven de clase media equivale a tener auto (acá le dicen coche), viajar al exterior en vacaciones, tener mucha ropa y celular con todos los chiches (acá le dicen móvil).
Pero me fui de tema; o más bien, me fui al carajo. El punto es que una serie de circunstancias no muy favorables (que la empresa constructora que hace tu casa quiebre, o problemas familiares de considerable magnitud) devinieron (me parece a mí) en una realidad bastante “festejable”, esto es, que una pareja con 6 años de historia pueda independizarse, aunque sea un poco obligada por los acontecimientos.
Ana es amiga de Lore desde los tiempos en que cursaron juntas la Universidad, pero da la casualidad que viajaron a Uruguay casi al mismo tiempo, aunque en el caso de Ana fue por menos de un mes, de voluntaria, a trabajar con unas monjas que trabajan con niños de “contexto crítico” en Pando. Su amor y nostalgia por Uruguay es bastante sorprendente para el poco tiempo que estuvo, y las duras realidades que tiene que haber visto. Un poco por eso, no me extrañó demasiado encontrar un par de mates como adornos centrales en la sala, y varios otros objetos made in Uruguay por aquí y allá.
La noche estaba muy agradable en Vitoria, una ciudad donde la situación geográfica se traduce en más frío que en Bilbao cuando hace frío, y más calor cuando el día está caluroso. Será por su lejanía con el mar, por su altura, o porque sí. El tema es que luego de un buen rato en casa, comiendo unas pizzas, unas masitas (que acá se llaman pastas) y tomando brebajes varios, jugando pictionary, kinitos (otro tema que da para explayarse) y otros juegos, salimos a recorrer la noche patatera (a los vitorianos les llaman patateros).
No hubo tiempo para mucho ya que los boliches cerraban sobre las 4.30, y nosotros salimos pasadas las 2.30. Luego de ver un par de lugares y tomar otros tantos kalimotxos se nos vino el cierre encima, no sin que antes nos pusieran la canción favorita de Asier (un tema cañero de Sabina). Yo me esperaba que prendieran las luces y pusieran el “Se me hacía tarde, ya me iba” de Fito Páez (un clásico en las pocas veces que me quedé hasta el cierre en un boliche), pero instead las apagaron casi por completo, y pararon la música en seco. Vaya invitación a la retirada.
Al final, los 9 (más el perro) nos acomodamos para tratar de dormir 5 o 6 horas. Algunos tuvimos más suerte pero a otros la bebida les pasó factura, y al perro fue la pizza la que lo condenó. Resultó que el chicho, de dimensiones minúsculas y escasos 3 kilos de peso, se quedó sólo en casa y por un error de cálculo una silla quedó colocada de tal forma que le daba acceso a la mesa, donde estaba una de las pizzas familiares. Parece que el pobre se tragó su peso en harinas, o casi, y a la noche fue a vomitar a uno de los dormitorios (por suerte no el nuestro).
Hoy a la mañana todos estábamos un poco lentos y con distintos grados de deterioro, pero en definitiva lo pasamos bastante bien. Poco después del mediodía emprendimos el camino hacia la terminal, y encaramos el viajecito de una hora de vuelta hasta Bilbao. Nos esperaba un Erandio somnoliento y desierto.

2 comentarios:
Ya te dije, me encanta cómo escribís.No hubiera querido, pero me reí mucho imaginándome al pobre perrito subiendo a la mesa y disfrutando de la pizza. Lástima que todo lo que a uno le guste, o casi, le haga mal.
En cuanto a los jóvenes, no entiendo por qué tienen que tomar hasta sentirse mal.Tampoco entendí qué quiere decir tema "cañero".Me alegro que pasaran bien. Hay que ventilarse.
Ma.
Qué lindo y enternecedor lo que contás de Ana, del amor por Uy a pesar de su corta estadía. Dices que estuvo con monjas en Pando. Qué experiencia. será la congregación de la madre Teresa de Calcuta?. Lindísima la foto que está ella con Lorena. La comida y bebida lejos de los perritos chorros eh.jeje.Marle
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