Dos días antes de la llegada del invierno se instaló entre nosotros el anticiclón, el viejo y querido
sistema de alta presión de toda la vida, y parece que vamos a llegar a la increíble marca de una semana completa de sol.
Para el sábado pasado se adelantó la feria de Santo Tomás, que usualmente se hace el 21 de diciembre. Es una
fiesta tradicional en la que los productores agropecuarios se instalan en unos puestos en el Casco Viejo desde la mañana y venden sus productos.
Por su descripción y al ver algunos de los puestos me hizo acordar a la feria de Tristán Narvaja, pero al rato de llegar el ambiente era más parecido al del Mercado del Puerto un fin de semana de diciembre (y no digo el 24 o el 31 porque no nos quedamos tanto como para que el alcohol haga mella en los miles de asistentes, cosa que según me contaron también es moneda corriente).
Por lo que pude leer, la asistencia a Santo Tomás ronda entre 200.000 y 300.000 personas cada año (les recuerdo que la ciudad de Bilbao tiene poco más de 350.000 habitantes, y el Gran Bilbao no llega al millón).
La estrella del día es el talo con chorizo, una particular versión de choripán tan tradicional como demandada en esta fecha. Las bebidas oficiales son la sidra y el
txakoli (
vino blanco local).

Al llegar estuvimos haciendo cola un buen rato en uno de los puestos para conseguir vituallas. Conseguir unas pocas botellas no fue muy difícil, pero Lore hizo casi media hora de cola para conseguir un talo con chorizo para que yo lo probara. Una vez pertrechados, nos fuimos a buscar un lugarcito al lado de la ría donde sentarnos de cara al sol y pasar el rato.

Los dejo con una de las mejores imágenes del día (si hacen click se puede ver más grande). No se trata del cielo celeste, ni de la extraña estatua. Sobre la derecha hay un reloj que marca que a las 5 menos diez de la tarde aún teníamos 17 grados de temperatura!