jueves, 10 de julio de 2014

Efemérides

Hace cuatro años, el sábado 10 de julio de 2010, hizo mucho calor en Londres. Fue el día de la final del Mundial de Sudáfrica y fue el día en que volamos desde Bilbao con nuestras maletas y nuestra vida a cuestas. Ya conocíamos Londres como turistas, pero no nos habíamos percatado que la red de transporte público no está hecha para quien va como tortuguita con todo su equipaje al hombro. Tampoco sabíamos que en esta ciudad el calor es muy pegajoso, y que tan pronto el termómetro pasa los 25 hay espacios que se vuelven irrespirables.

En nuestro primer paseo por London nos encontramos un festival de tango al aire libre

Cuatro años más tarde, el 10 de julio fue casi todo lo contrario, con un clima de otoño bilbaíno, tal vez como anticipo de lo que se viene. Pero como a un buen bilbaíno no lo frena un txirimiri, a la tarde cambié gafas por raqueta y me fui a jugar al tenis como todas las semanas, sólo que esta vez estaba un poco más resbaloso que de costumbre. 

Porque son fechas especiales, no íbamos a dejar pasar el día así como así, por lo que Lore se juntó con Maria y Jenny, y más tarde me les uní para cenar, charlar, y reir. En suma, un día de agenda apretada, y es significativo que el camino hacia el festejo de estos cuatro años haya estado permeado por el frenesí que caracterizó nuestra estadía en esta ciudad, cada vez que logramos desembarazarnos de nuestra usual pereza para sucumbir al ritmo agotador que este lugar parece demandar.

No se nota que no paré en todo el día...

Un día como el de hoy, pero dentro de un mes, vamos a estar de vacaciones en Hinojal, disfrutando del calor y la tranquilidad, tras haber cerrado la aventura londinense. Será un gran contraste y un nuevo cambio, en este camino que sigue.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

domingo, 8 de junio de 2014

Reflexiones triviales sobre el paso del tiempo

La percepción del paso del tiempo es un tema recurrente en mis disquisiciones cotidianas, tanto durante el día cuando mido el tiempo en libros que pasan de un lado al otro de mi escritorio, como durante la noche cuando me acuesto y pienso que el día pasó muy rápido, sin darme un solo momento de reflexión sosegada.

Ayer pensaba cómo hace ya cuatro meses que la biblioteca donde trabajo me contrató para que le mire las tapas a los libros y les busque dedicatorias interesantes (mientras los catalogo a toda velocidad y con impecable eficiencia, por supuesto), les pregunte silenciosamente si me quieren llevar a dar una vuelta por aquí o por allá, o, cuando veo que la dosis de imaginación se quedó en el colchón, o se diluyó con la ducha matutina, trato de que no me importe tanto porque en la biblioteca también me pagan por escuchar música mientras hago como que me concentro en esto de la catalogación.

¿No está bueno cuando un libro puede afectar la calidad del día?


Los más de los días, la oficina se aferra férrea a su código de silencio que la hace un lugar generalmente inhóspito. Para encontrar un resquicio social es necesario huir a la cocina, donde maldecir al aburrimiento mientras se prepara (uno) un café o (ellos) un té, o se calienta el almuerzo.

Allí conocí un poco más a las que hace 4 meses ponían de relieve lo que había dejado atrás en Queen Mary y me faltaba aquí. Cuatro chicas que liquidaban rápido su almuerzo para poder concentrarse en el crucigrama del día, usualmente el de The Guardian aunque también algún otro si ése se les quedaba corto (las tipas eran expertas). Eran inseparables, y se entendían con la mirada. Tres de ellas trabajaban en la oficina, donde por supuesto no cruzaban una palabra, pero en la cocina se soltaban (a veces como cacatúas, hay que decirlo).

Me dio por llamarlas "D'Artagnan y las 3 crucigrameras", aunque nunca pude definir quién cumplía cuál personaje. Lo que sí cumplían a rajatabla era lo del "Todos para uno..."

Pero hete aquí que un día pasó lo que tan a menudo ocurre en esta ciudad. Sobrevino la movilidad laboral, y en el espacio de 2 rápidos meses D'Artagnan se quedó sin dos de sus mosqueteras, que consiguieron trabajos en sendas bibliotecas que pagarían mejor u ofrecerían mejores puestos. Lo usual y corriente.

Mientras esto sucedía, yo de a poco me fui integrando, con ellas y con otros. Que si una breve charla aquí, que si una conversación allá, buscando puntos en común y afinidades. Baby steps. Y pasó un día, como quien no quiere la cosa, cuando las crucigrameras ya eran 3 en vez de cuatro, que el The Guardian bendito se apiadó de mí y en un crucigrama puso una pregunta sobre América del Sur, y que yo justo andaba por ahí cuando la hicieron, y la respondí.

Un par de semanas después, cuando las crucigrameras ya eran sólo 2 y parecía que había audiciones para ocupar el resto de los puestos de la mesa en la cocina, me encontré tomando parte del crucigrama desde el principio. Fast forward otro par de quincenas y sorprendentemente estaba incluido en mensajes que parecen indicar que soy parte de un curioso nuevo cuarteto... Por un momento me sentí Athos, o tal vez Aramis (pero nunca Porthos, eso no).

Este viernes hubo una reunión multitudinaria en la cocina para lanzar la inevitable penca local (acá son sosos hasta para armar pencas... nada de presumir resultados: se te asigna un equipo y al que le toque el campeón se lleva el pozo. Desde entonces, mi segundo equipo es Ghana), y por primera vez me sentí casi a gusto en ese lugar, y en ese contexto. Tomó 4 meses y muchos libros, pero al fin, un cierto sentido de pertenencia.

Siempre dispuesto a la aventura, siempre listo para navegar

Y sólo un rato después me enteré que los días de crucigramas están contados, ya que tanto D'Artagnan como Porthos han conseguido nuevos trabajos, y les queda en la biblioteca menos tiempo aún que a mi.

En esta ciudad transitoria y efímera, a veces parece que todos estamos recién llegados o a punto de partir, con la mira puesta un poco más allá del aquí y el ahora.

viernes, 28 de febrero de 2014

Nuevas rutinas, conversaciones sorprendentes

Creo que en mis 17 años de trayectoria laboral, nunca hasta ahora había tenido una jornada "normal", de 35 horas a la semana, lunes a viernes de 9 a 5. Desde mis épocas de becario explotado a mis jornadas vespertinas en la Ort, sumando todas las pasantías y maternity covers, y ni que hablar durante mis años de trabajo online, desde el 2004 hasta ayer nomás.

Estaba más acostumbrado de lo que creía a la flexibilidad, al "multitasking casero" de lavar platos y poner lavadoras mientras chateaba con los yanquis. Pero aunque está costando, me tenía fe en ser tan adaptable como flexible, porque sé que a lo bueno, lo malo, y lo distinto, mal o bien uno siempre se termina haciendo.

De dejar Queen Mary lo más duro fue decir hasta luego a los colegas, por supuesto. Y de llegar a Goldsmiths lo más duro es el recuerdo de las rutinas en Queen Mary. Porque claro, la distancia endulza el recuerdo. Y trabajar de cara al público o en una oficina bullanguera es muy distinto a trabajar de catalogador en una oficina en la que todos tienen su quehacer individual y hay pocas ocasiones de interacción.

Mi capacidad de adaptación me está llevando a dialogar, mentalmente, con los libros que catalogo, que me disparan ideas y me recuerdan disciplinas que solían interesarme. Y me estoy aficionando a detenerme en las dedicatorias, que muchas veces tienen mensajes disfrutables o inesperados. Por ejemplo, ésta:

A mi padre, ..., quien nunca estuvo muy seguro de en qué estaba trabajando, pero siempre estuvo muy orgulloso de que lo estuviera haciendo; y quien no vivió lo suficiente para ver lo que era. Ojalá hubiera trabajado un poco más rápido, pero sé que él hubiera preferido que me tomara el tiempo para hacerlo bien.


La verdad es que no me lo esperaba al abrir un libro sobre los crímenes de Slobodan Milošević...

Pero para diálogos e interacciones, mejor las de verdad, que son pocas pero buenas. No es de extrañar que entre mis nuevos compañeros tenga una relación más fluida con los que están en préstamo. Los veo poco, pero con ellos la afinidad es más natural y sencilla.

Esta tarde me pasé por el mostrador a llevar algunos de los nuevos libros que había ingresado, y me encontré con Paula, que es la única a la que conocía desde antes de empezar a trabajar aquí, y Michelangelo, a quien conocí la semana pasada. Nos pusimos a charlar y le pregunté a Michelangelo de qué parte de Italia venía. Mi oído para los acentos está completamente desnorteado de un tiempo a esta parte (Lore puede dar fe), al punto que Michelangelo resultó no ser italiano sino griego, de Salónica. Cuando se enteró que yo era uruguayo se le iluminó la cara. Yo no lo tenía presente, pero Pablo "el Canario" García estuvo jugando los últimos 5 años en el PAOK Salónica, y es poco menos que un héroe local. Parece que su juego recio, en particular contra los atenienses, le ganó la simpatía de la parcialidad tesalonicense.

Yo ya estaba "flipando" con encontrar puntos en común con un griego amante del fútbol y no demoré en contarle cómo, en 1994, conocí a la que poco tiempo después sería la mujer de Pablo García (esa ya es otra historia...). Michelangelo, para no ser menos, me dijo que su hijo, de 4 años, se llama Pablo...

Qué grande el Canario, que lo parió!