Esta tarde venía escuchando música, para variar, y de mi lista aleatoria surgió In the Sun, de Joseph Arthur, que de inmediato me transportó al pasado.
Allá por el año 2003, cuando estuve por primera vez de paseo en Londres y todavía se compraba música en CDs, me vine con un par de discos y en uno de ellos estaba esta canción. Tal vez un tanto melancólica, pero es cierto que nunca me importó brindarme a la melancolía.
Nunca me importó tampoco medir el tiempo en canciones. De hecho lo hice mucho y aún lo hago. Ya que estábamos en Londres, si nos transportamos a 2011 o 2012, cuando trabajaba en Queen Mary y escuchaba más música que podcasts, solía medir el tiempo que me tomaba llegar a la biblioteca en canciones (4 o 5 según el día; si intercalaba alguna larga de Pink Floyd o Sigur Rós, tal vez sólo 2 o 3).
Hoy en día la biblioteca me queda igual de cerca (I've always been lucky that way), pero en vez de en 4 canciones, llego en medio podcast, o en un cuarto de podcast si se trata de uno un poco más largo. Me entretiene más, pero no tiene la misma resonancia como unidad de medida.
Dicho todo esto, no me quiero olvidar de Joseph Arthur, porque lo tengo en el tintero hace tiempo. Justamente a él pude verlo en mayo de 2014, poco antes de volver a Bilbao, en un concierto en Camden de esos que se quedan contigo y del que escribí la mejor reseña que este blog nunca verá publicada (porque la perdí por el camino, en una nota que no sobrevivió al penúltimo cambio de teléfono).
Fue un poco extraño ir a ver un concierto con expectativas tan descolocadas. Conociendo sólo algunos de sus varios discos, buena parte del repertorio me resultó extraño. In the sun no estuvo entre las elegidas, ni tampoco uno de sus hits más populares que un chica detrás mío pedía insistentemente entre canción y canción.
Lo que sí hubo en el setlist fueron varias canciones de Lou Reed (que había muerto el año anterior; Arthur, que era su amigo, grabó un álbum de versiones poco tiempo después). También hubo sorpresas. Vaya si hubo buenas sorpresas, como cuando en medio de una canción entendí por qué había un tablón sobre un caballete en el escenario.
La mejor sorpresa de la noche, sin embargo, la dejaron para el final. Era un día de semana, y aparentemente el concierto no podía ir más allá de una cierta hora, una hora a la que llegamos con los bises. Parecía que el concierto tendría un final prematuro e intempestivo, creo recordar que hasta encendieron las luces, pero aún quedaban un par de canciones. Y resultó que el bajista del trío, que a mi me había resultado tan conocido, efectivamente era quien yo había sospechado: Mike Mills, antiguo bajista y cara sonriente de R.E.M.
Nos querían echar... el encargado del local claramente quería que el concierto terminara. Pero estaba Mike Mills! Y está todo bien con la melancolía, pero si tenés en tu banda a la cara sonriente de R.E.M., sería criminal no dejarle cantar su canción, ¿no? Así fue como a pesar de la hora y las luces, Mills cantó la penúltima canción de la noche, el clásico de 1984 (Don't Go Back To) Rockville.
Ya no recuerdo cuál fue la última canción. Posiblemente lo dejé escrito mientras volvía en la Northern Line y lo perdí por el camino. Pero sí me acuerdo que una noche de mayo de 2014 en el norte de Londres, una canción tal vez un poco melancólica que me enganchó en el 2003 me llevó a reencontrarme con otra de 1984 que yo escuchaba a finales de los '90, y que me llevó hasta mi casa sonriendo y con expectativas sobrepasadas por un recuerdo vitalicio.
lunes, 23 de mayo de 2016
domingo, 3 de abril de 2016
De Oderitz a Londres, vía Bilbao
Son éstos días de transición extraña; volvimos de las
vacaciones el martes pero yo no vuelvo a trabajar hasta el lunes, y estos días en Bilbao se me está haciendo difícil descansar y
desconectar cuando pienso en lo que fueron nuestros cuatro días de
tranquilidad total en Navarra, lejos del bullicio citadino.
En Oderitz, un pueblo de 12 caseríos, un frontón y poco
más, donde para ir al supermercado o la farmacia hay que subirse al auto
e irse, literalmente, "tres pueblos más allá" para encontrarlos, nos
quedamos en una casa rural con historia y chimenea. Todo allí invitaba
al descanso, a la actitud contemplativa, a pasar las horas sin prisas.
Para los días de excursión, a tiro de piedra están el nacedero del río
Larraun, la Sierra de Aralar o una antigua vía de tren reconvertida en
vía verde para recorrer a pie o en bicicleta. A la tarde, de vuelta "en
casa", nos sentábamos junto a la chimenea a leer o rever las fotos del
día, o a charlar un rato con Amaia o Jerome, los peculiares regentes del
establecimiento.
Pero estamos otra vez en Bilbo y aquí, junto a la gente y
el ruido (que tampoco es tanta ni tanto) parece que también están más
cerca las malas noticias, las tragedias cotidianas, masivas o de pequeña
escala, que parecen haberse instalado como tónica de los últimos meses.
Sin dejar de lado todo lo demás, estos días leía sobre la muerte de Zaha Hadid y recordaba que uno de nuestros últimos paseos en Londres
fue al parque olímpico, donde ella diseñó el centro acuático. Tenemos
que tener alguna foto, algún selfie de ese día en ese sitio.
Ahora que por fin volveremos a Londres como turistas, casi
dos años después, no sé si la agenda nos dejará llegar más allá del East
End y hasta Stratford, para ver el centro acuático y de paso
reencontrarnos con Westfield, el Black Bull o los preachers que prometen
Apocalipsis a las puertas de la estación. Creo que podremos prescindir
de esa experiencia.
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