Cantabria infinita es un eslogan, al igual que Uruguay Natural, con el que se promociona el turismo. El fin de semana pasado (el anterior al viajecito a la Villa de Plentzia) nos fuimos a Seña, un pueblo cantábrico que según Wikipedia, en 2004 tenía 264 habitantes.
Uno de ellos es Dani, a quien yo conocí en nuestro viaje a Mundaka. Dani acaba de terminar de construir su propia casa en Seña (era un pajar, y vean cómo la dejó…) y había cumplido años un par de días antes de nuestra llegada. Doble motivo para pegarle una visita, aunque los motivos eran innecesarios, por otra parte, porque es una de esas personas que te invitan a que vayas cuando quieras y que se nota que lo dicen en serio.
Seña es un pueblito minúsculo, y gracias a sus 220 metros de altitud tiene muy buenas vistas al Cantábrico y a Laredo, el balneario costero que está a 5km. Hasta allí sólo se puede llegar en auto, o caminando. No hay transporte público que te lleve a Seña, como nos contaba Dani recordando sus épocas escolares, y comentando que aún los que no tienen auto, se sacan la libreta de conducir al llegar a los 18, sin excepción.
Llegamos el sábado sobre el mediodía y nuestro punto de encuentro fue un Supermercado en las afueras de Laredo. Allí hicimos acopio de vituallas para los dos días siguientes. La casa de Dani estaba en tal estado fundacional que tuvimos que comprar orégano y aceite, entre otras cosas. Mucho mejor así, más novedoso.
Nada más subimos al pueblo e hicimos el reconocimiento del hogar (“que te cagas!”), salimos de poteo por los bares locales. No sé si 4 bares son muchos o pocos para un pueblo de 260 personas… nosotros entramos a tres de ellos, y en todos al pedir algo para tomar nos convidaban con alguna picadita gustosa. En el primero fueron unos champignones calentitos en salsa picante, en el segundo fueron aceitunas y otros pickles, y en el tercero maní (del que vendía el manicero!!!). Nos lo estábamos pasando tan bien que la hora del almuerzo se nos pasó un poco de largo… terminamos de almorzar, creo, sobre las 6 y media de la tarde.
Por la noche bajamos a Laredo a uno de los boliches donde había más amigos de Dani, a festejar. Aunque no estábamos en el País Vasko, kalimotxo y kinito estaban a la orden del día. Se ve que es costumbre nacional. Yo aproveché para jugar un pool, algo que no hacía desde hace meses, y luego nos sumamos al chuping. Sobre las 2am cerraban, así que allí emprendimos la recorrida de bares, que como suele ocurrir estaban en el casco viejo de la ciudad. Aunque no me dio para apreciar mucho, he de decir.
Habremos aguantado hasta las 5am, como mucho. Como suele suceder, Lore y yo fuimos los primeros en emprender el retorno pero al rato llegaron los demás.
El domingo fue un día de relax total, pero igual nos dio la nafta para bajar a potear a Laredo. Verán en las fotos los minúsculos caracolitos negros que comí… una delicia local para muchos, no estaban tan mal para mi sorpresa. Paseamos un rato por la costa y luego volvimos a subir a Seña.
Después del almuerzo (o sea, pasadas las 6 de la tarde otra vez) volvimos a bajar a Laredo, esta vez para hacer un poco de senderismo y apreciar las vistas desde los montes cercanos. Dani, que ha viajado mucho (entre otras cosas hizo varias veces el Camino de Santiago) me comentó que el Cantábrico es su zona favorita de España, por el verdor de la tierra y los contrastes de los montes y montañas que llegan hasta el mar. Yo no he visto tanto, pero cuando no está gris, esta zona es una preciosidad.
Volvimos con la puesta de sol, mientras la luna llena ascendía desde el oriente.
1 comentario:
Qué hermosa quedó la casa de Dani y qué precioso Seña. Los caracolitos no me atraen pero si tú decis que están ricos los probaría. Bs.Marle
Publicar un comentario