miércoles, 26 de marzo de 2008

Pequeñas lecciones cotidianas de la vida en el País Vasco

Esta mañana el mal tiempo pareció ceder al sol, finalmente. La vereda de la calle Obieta se veía seca desde la ventana, y el cielo celeste. Al terminar de trabajar me apresté a ir a almorzar a la casa de la madre de Lore, pues íbamos a darle a Julen su regalo de cumpleaños (cumplió 13, y le encargamos por Internet una camiseta de su luchador de pressing catch favorito). La idea de llevar paraguas pasó por mi mente, pero fui un poco optimista y muy ingenuo, y preferí salir sin él.

Error.

No llovió en las dos cuadras hasta el metro de Erandio, pero a la salida en Barakaldo (escasos 15 minutos después) parecía que se venía el mundo abajo. Para peor el viento venía soplando desde la ría, con lo que me mojé más aún.

No era la primera vez que me pasaba. Aquí el tiempo cambia sorprendentemente rápido. En pocas palabras, no hay garantías, salvo la de una buena mojadura de vez en cuando. Yo me dije que ya había sido suficiente, y que no me volvería a ocurrir (era al menos la segunda vez que me pasaba).

Al poco rato de llegar, de hecho antes de sentarnos a almorzar, el sol brillaba nuevamente. Pasaron un par de horas y me tuve que volver a casa, pues tenía laburo programado. No llovía aún, pero el cielo no presagiaba nada bueno tampoco.

Las dos cuadras del metro a casa, las hice bajo agua, por supuesto. No me volvería a ocurrir???

Seguro.

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