Este fin de semana fue novedoso por donde se lo mire. Se celebró la despedida de soltero de Gavino (el novio de la prima de Lore) y nos fuimos para Gijón, en Asturias.
Eran 24 de la cuadrilla (el equivalente vasco a la barra de amigos) y un par de outsiders (Jon, el novio de una amiga de Bea, y yo).
A las 7 de la tarde nos encontramos en el bar donde siempre se reúnen estos tipos, y una hora después llegó el bus (contratado) para llevarnos hacia Gijón. Contando una parada que hicimos para cenar, fueron 4 horas y media de viaje.
Esa noche hubo una primera salida “de reconocimiento” por la ciudad (bueno, por la zona de boliches, en realidad), pero fue solo un rato ya que a la mañana siguiente había que estar en pie temprano.
El sábado por la mañana, uno de los platos fuertes del fin de semana: el descenso del Río Sella. Consiste en una travesía de 15 kilómetros en canoa desde Arriondas a Llovio, un recorrido en que el río está flanqueado por bosques y montañas. La mayor parte del descenso es tranquilo, con una leve corriente que te ayuda (a no morir remando) y hay también algunas zonas con rápidos, donde el asunto se pone verdaderamente interesante.
Así que allí estábamos nosotros, muñidos de trajes de surfista y salvavidas, de a ratos remándola y a veces dejándonos llevar (¡literalmente!). Cuando nos encontrábamos con una playita parábamos a tomar sol (así quedé…), comer algo, o simplemente reírnos con las cosas que iban pasando.
Una de las pocas recomendaciones que nos dio el instructor antes de salir (además de las básicas del remo) fue que cada vez que nos encontráramos con una bifurcación en el río la tomáramos por la derecha, para evitar los rápidos más peligrosos. Fieles al espíritu del fin de semana, yo veía como todas las bifurcaciones las tomábamos por la izquierda, invariablemente. Así se dio el primer momento chungo (jodido) de la mañana (aunque también fue el origen de un chiste que seguramente pasará a los anales de la cuadrilla). Nos encontramos con un rápido un poco más rápido que los anteriores, con la complicación extra de que tenía una curva pronunciada hacia la derecha, y en seguida otra hacia la izquierda (una chicana en toda regla). Al tomar por allí, Jon y yo íbamos terceros en un grupo de 4 canoas que iban relativamente cerca una de otra. Vimos cómo la primera canoa era arrastrada por el rápido y cómo los dos pibes no podían doblar a tiempo en la primera curva y el rápido los arrastraba hacia la orilla, dándoles vuelta la canoa. Un momento después la segunda canoa corría la misma suerte, y antes de darnos cuenta nosotros no fuimos la excepción. De repente me vi sumergido en el agua, con la canoa encima de mí, pateando para salir a flote antes que la cuarta canoa se nos viniera encima. Para hacer las cosas más interesantes un tronco de árbol venía flotando peligrosamente entre nosotros.
En definitiva la cosa no pasó a mayores. Ninguno recibió golpes muy severos y agarrándonos a las canoas, al tronco o a los remos, mal que bien logramos arrimarnos a una orilla cercana donde hicimos reconocimiento de daños (uno de los pibes tuvo un corte superficial en el cuello, probablemente contra una rama, y yo perdí mis lentes de sol, pero no perdimos canoas, remos ni bidones, lo cual fue una muy buena noticia). Pasado el susto, todos estábamos a las carcajadas, especialmente porque el primero en caer, que además era algo así como el capitán del grupo (Capitán es uno de sus motes) no tuvo mejor idea que gritar “¡Ayudarme!” cuando se cayó de su canoa, y luego, obviamente, no dejaron de repetírselo y de reírse en su cara.
Un rato después, Jon y yo tuvimos una nueva caída en un rápido (que por suerte era bastante llano). Íbamos a buena velocidad y no pudimos evitar darle de costado a una roca que sobresalía del agua, y que nos dio vuelta la canoa. En esa zona el piso era todo de piedras, y entre la fuerte corriente y el suelo desigual se nos hacía difícil aguantar la canoa sin que se nos la llevara el río. Yo estaba totalmente concentrado en la tarea y hasta último momento no vi que se nos venía encima otra canoa. Para cuando me gritaron no había manera de eludirla, y sólo pude darme vuelta un poco, cuestión que me ligué un “canoazo” en plena cadera. Otra vez, pudo ser mucho peor que lo que fue, ya que no me quedó ni un moretón.
En total nos tomó algo más de 4 horas hacer todo el descenso. Al llegar nos llevaron en camioneta al punto de partida, donde estaba el bus preparado para devolvernos a Gijón. Tendríamos algo más de una hora para descansar y reponer energías, antes de disfrazar a los novios (son 2 los que se casan el mes que viene) y salir a exhibirlos por la ciudad.
Lo que vino después también amerita relato, pero quedará para la próxima.
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