De la Foz de Lumbier fuimos a la Foz de Arbayún, un desfiladero tallado por el río Salazar, con paredes verticales de casi 200 metros. Es más espectacular, pero también más inaccesible, y sólo se puede apreciar desde un mirador lejano.
Pasado el mediodía, y ya con bastante hambre, nos fuimos a buscar una iglesia donde almorzar. Como nuestros almuerzos solían ser a base de bocadillos, y el tiempo invernal y lluvioso nos obligaba a buscar refugio, los arcos de las iglesias se convirtieron en escalas frecuentes para estos menesteres.
Así llegamos a Ochagavía, un pueblo al pie de los Pirineos verdaderamente precioso. El pueblo está partido al medio por un río, y desde casi cualquier punto se ven las montañas nevadas a lo lejos (y no tan lejos). Leo ahora que no hay población navarra que cuide tanto su aspecto externo ni que mantenga con tanto tesón la forma tradicional de hacer las casas: estructura de madera y paredes de piedra. Y puedo decir que ese cuidado vale la pena, porque quedamos asombrados y enamorados con lo que vimos.
De allí nos fuimos a Isaba, un pueblito que ya prácticamente no recuerdo (creo que es famoso por sus quesos). Tiene la particularidad de tener una Casa de la Memoria. Para llegar a la Iglesia hay que subir bastantes repechos, y como estábamos con la panza llena, optamos por seguir camino. La siguiente etapa fue Burgui, un pueblito al pie del río Esca con un extraño puente medieval inclinado. Cruzando el puente, un par de senderos para gastar las botas nuevas y alejarse del (poco) movimiento de la zona. En el camino nos encontramos con una almadía, balsa hecha de troncos de madera, cuya función es la conducción de los propios troncos por los ríos desde los bosques hasta los puntos de carga para su transporte hasta las serrerías. A juzgar por el tamaño de la balsa, y por la velocidad con la que bajan los ríos, no pudo ser nada sencillo de hacer.
Ya volviendo a casa, pasamos por el Embalse de Yesa, un enorme pantano (así es como les llaman acá, para nosotros sería algo así como una laguna) al que nos prometimos volver en verano, porque pinta bárbaro para darse unos buenos baños. Y cayendo la noche, un pequeño desvío nos llevó hasta el Castillo de Javier, del siglo X. Ya hacía mucho frío y estábamos bastante cansados como para darle mucha bola. El hostal, y la txistorra antes mencionada nos llamaban.
Uf, a todo esto recién llegábamos al domingo. Quedaba mucho para ver! Por la mañana nos propusimos arrancar en dirección norte, hacia el Parque Natural del Señorío de Bértiz donde volverían a tomar protagonismo los chubasqueros. Pero antes, había que salir de Pamplona… el problema de hacer ruta de pueblitos es que las autopistas te dan las salidas hacia los grandes destinos, pero cuando uno busca cómo llegar a un pueblito perdido, esquivando las autopistas (y sus peajes) la cosa se complica… estuvimos un buen rato hasta encontrar la bendita N-240, sin saber si tomar dirección Francia o Donostia… rotondeando sin fin hasta encontrarle un sentido al mapa… y finalmente tomando caminos bastante ‘marginales’ hasta encontrar nuestra ruta. Pero era todo parte del viaje, y el que más sufrió fui yo porque a esa altura me había hecho casi dueño de los mapas, y me estaba jugando la reputación (Gema me defendería a ultranza, pero esa mañana quedé bastante pegado!).
La Oficina de Turismo del Parque de Bértiz nos hizo apreciar un poco más todas las Oficinas por las que habíamos pasado hasta ese momento (fue, junto con las Iglesias, el destino imprescindible de cada pueblo). Ésta en particular, a pesar de tener la “Q” de calidad, fue la más decepcionante, y la guía casi nos lleva al sopor total sobre el mostrador. Poco sacamos en claro, y nos fuimos a discutir sin fundamentos mientras desayunábamos y nos comíamos un buen pintxo en Elizondo, pueblo famoso por su chocolate, y que ese domingo atravesamos más veces que las que hubiéramos deseado. De Elizondo otra vez a Bértiz, a dar una vuelta por el mentado Parque que resultó ser mucho más grande que lo que pensábamos. Nos cansamos de pasear hasta que encontramos un sendero al costado del arroyo y la cosa se puso interesante otra vez. Hubo que cruzar el arroyo, y hasta hubo momentos de incertidumbre (el día empezaba recién, y pasarse las horas con los pies mojados hubiera sido un gran garrón).
Para cuando volvimos al C4 había parado de llover, y hasta quería salir el sol. Volvimos a la ruta, y otra vez atravesamos Elizondo en dirección norte, hasta llegar a Erraztu. Allí tuvimos que preguntar a un parroquiano cómo llegar a Gorostapolo, el pueblo que nos habían recomendado por un sendero que terminaba en una cascada. Tomamos un camino muy poco transitado, y 10 minutos más tarde estábamos en un pueblito de 4 casas. Allí bajamos del auto y nos impregnó un fuerte olor a campo (léase: bosta). A la salida del pueblo se abría un sendero sinuoso en el que pronto comprobamos que las botas habían sido la mejor compra posible ese fin de semana. Qué placer poder andar despreocupadamente por el barro… fue una caminata ardua pero muy interesante, y fue una pena que la cascada, xorroxin, no pudiera verse del todo entre los árboles.
A la vuelta, retornamos a Erraztu porque la Iglesia se veía más apropiada para almorzar, y de allí nos fuimos a un bar (el único que encontramos) a tomar un café y jugar a las cartas, como buenos domingueros. Este bar era un tanto particular… probablemente una herriko taberna, y fue extraño, aunque sólo hasta entender su particular lógica, escuchar música de Silvio Rodríguez, la Negra Sosa, León Gieco y otros intérpretes americanos. Todavía estábamos en Navarra, pero la cercanía con el País Vasco era patente. A las 5 de la tarde empezaba el partido entre el Osasuna y el Athletic, en Pamplona, y en ese bar, a mitad de camino entre Pamplona y Bilbao ni siquiera se dignaron a poner el partido en la televisión, que se quedó fija en Etb1 (el canal oficial vasco que tiene el 100% de su programación en Euskera).
Con el partido de a ratos en la radio del auto, seguimos viaje hacia el norte, con intenciones de pasar por las cuevas de Ikaburu, Zugarramurdi y Sara, y pasar a Francia. Pero hete aquí que a menos de un kilómetro de la frontera nos encontramos con un terrible embotellamiento. El lunes era feriado en Navarra y el País Vasco, pero no así en Francia, y parece que muchos franchutes estaban retornando a casa, o simplemente habían pasado la frontera para comprar en un supermercado enorme que había en la ruta, y que probablemente les resultaría más conveniente. Tras media hora de espera tuvimos que dar la vuelta y desandar el camino, pasar una vez más por Elizondo (aunque esta vez sí compramos su famoso chocolate, y valió la pena) y volver al Hostal sin muchas ganas de salir a buscar cena. Escenario ideal para encargar unas pizzas y ver la tele un rato.
El lunes Lore y yo volvimos temprano a casa. Al C4 le esperaban aún algunas aventuras por Francia antes de pasar por el lavadero para ser devuelto en condiciones. Fueron más de 1.000 kilómetros de excelente servicio, por cierto, y un montón de historias para recordar.
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