miércoles, 15 de julio de 2015

De Bilbao a Lavalleja

Hoy fue uno de esos días... En la Biblioteca donde ya hace más de 3 meses que estoy trabajando, suelo pensar que no pasa mucha cosa digna de contar. Pero hoy vino a pedir ayuda un señor que inesperadamente estaba investigando sobre el crowdfunding. Digo inesperadamente porque para ser un tema de desarrollo tan reciente, este señor tenía un nivel de alfabetización informacional bastante anticuado. Dicho de otro modo, quería libros en papel porque no se sentía cómodo buscando en bases de datos o leyendo en una pantalla.

Luego de unos minutos de orientación y un aceleradísimo curso sobre acceso a la web de la biblioteca y búsqueda de información, llegó la usual pregunta que, en este caso, conllevaría un colofón muy inesperado.

- ¿Y usted de dónde es?
- Soy uruguayo
- ¡No me diga! Yo he estado en Uruguay muchas veces.
- ¿Ah si?
- Si conozco La Barra, Punta del Este (por aquí pensé que íbamos bastante mal...) y también Montevideo, por supuesto.
- ...
- Es que tengo parientes que viven en Uruguay, se asentaron allí en el Siglo Diecinueve
- Ah si, ha habido mucha emigración de vascos al Uruguay (aquí arriesgué, ya que no sabía aún si él sería realmente vasco).
- Sí, ¿no sé si conoce usted el Pueblo Aramendía, en Lavalleja?
- No...
- Pues sí, Don Pedro Aramendía fue Director del Banco Nacional, también Vicente...

Ya después de esto el hombre me había dejado un poco turulato... resulta que, obviamente, sí hay un pueblo llamado Pedro Aramendía en Lavalleja (población: 96 habitantes!), y que un tal Pedro Aramendía fue Presidente del Directorio del BROU, allá por 1965.

Luego de este peculiar intercambio, el pariente de Aramendía se interesó por las fechas en que podría volver a contar con mi ayuda, y tras contentarse en la certeza de que un compatriota de sus parientes estaría allí para ayudarle al menos hasta finales de este mes, se marchó en busca de la única revista impresa que prometía facilitarle algo de información sobre crowdfunding.

jueves, 10 de julio de 2014

Efemérides

Hace cuatro años, el sábado 10 de julio de 2010, hizo mucho calor en Londres. Fue el día de la final del Mundial de Sudáfrica y fue el día en que volamos desde Bilbao con nuestras maletas y nuestra vida a cuestas. Ya conocíamos Londres como turistas, pero no nos habíamos percatado que la red de transporte público no está hecha para quien va como tortuguita con todo su equipaje al hombro. Tampoco sabíamos que en esta ciudad el calor es muy pegajoso, y que tan pronto el termómetro pasa los 25 hay espacios que se vuelven irrespirables.

En nuestro primer paseo por London nos encontramos un festival de tango al aire libre

Cuatro años más tarde, el 10 de julio fue casi todo lo contrario, con un clima de otoño bilbaíno, tal vez como anticipo de lo que se viene. Pero como a un buen bilbaíno no lo frena un txirimiri, a la tarde cambié gafas por raqueta y me fui a jugar al tenis como todas las semanas, sólo que esta vez estaba un poco más resbaloso que de costumbre. 

Porque son fechas especiales, no íbamos a dejar pasar el día así como así, por lo que Lore se juntó con Maria y Jenny, y más tarde me les uní para cenar, charlar, y reir. En suma, un día de agenda apretada, y es significativo que el camino hacia el festejo de estos cuatro años haya estado permeado por el frenesí que caracterizó nuestra estadía en esta ciudad, cada vez que logramos desembarazarnos de nuestra usual pereza para sucumbir al ritmo agotador que este lugar parece demandar.

No se nota que no paré en todo el día...

Un día como el de hoy, pero dentro de un mes, vamos a estar de vacaciones en Hinojal, disfrutando del calor y la tranquilidad, tras haber cerrado la aventura londinense. Será un gran contraste y un nuevo cambio, en este camino que sigue.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

domingo, 8 de junio de 2014

Reflexiones triviales sobre el paso del tiempo

La percepción del paso del tiempo es un tema recurrente en mis disquisiciones cotidianas, tanto durante el día cuando mido el tiempo en libros que pasan de un lado al otro de mi escritorio, como durante la noche cuando me acuesto y pienso que el día pasó muy rápido, sin darme un solo momento de reflexión sosegada.

Ayer pensaba cómo hace ya cuatro meses que la biblioteca donde trabajo me contrató para que le mire las tapas a los libros y les busque dedicatorias interesantes (mientras los catalogo a toda velocidad y con impecable eficiencia, por supuesto), les pregunte silenciosamente si me quieren llevar a dar una vuelta por aquí o por allá, o, cuando veo que la dosis de imaginación se quedó en el colchón, o se diluyó con la ducha matutina, trato de que no me importe tanto porque en la biblioteca también me pagan por escuchar música mientras hago como que me concentro en esto de la catalogación.

¿No está bueno cuando un libro puede afectar la calidad del día?


Los más de los días, la oficina se aferra férrea a su código de silencio que la hace un lugar generalmente inhóspito. Para encontrar un resquicio social es necesario huir a la cocina, donde maldecir al aburrimiento mientras se prepara (uno) un café o (ellos) un té, o se calienta el almuerzo.

Allí conocí un poco más a las que hace 4 meses ponían de relieve lo que había dejado atrás en Queen Mary y me faltaba aquí. Cuatro chicas que liquidaban rápido su almuerzo para poder concentrarse en el crucigrama del día, usualmente el de The Guardian aunque también algún otro si ése se les quedaba corto (las tipas eran expertas). Eran inseparables, y se entendían con la mirada. Tres de ellas trabajaban en la oficina, donde por supuesto no cruzaban una palabra, pero en la cocina se soltaban (a veces como cacatúas, hay que decirlo).

Me dio por llamarlas "D'Artagnan y las 3 crucigrameras", aunque nunca pude definir quién cumplía cuál personaje. Lo que sí cumplían a rajatabla era lo del "Todos para uno..."

Pero hete aquí que un día pasó lo que tan a menudo ocurre en esta ciudad. Sobrevino la movilidad laboral, y en el espacio de 2 rápidos meses D'Artagnan se quedó sin dos de sus mosqueteras, que consiguieron trabajos en sendas bibliotecas que pagarían mejor u ofrecerían mejores puestos. Lo usual y corriente.

Mientras esto sucedía, yo de a poco me fui integrando, con ellas y con otros. Que si una breve charla aquí, que si una conversación allá, buscando puntos en común y afinidades. Baby steps. Y pasó un día, como quien no quiere la cosa, cuando las crucigrameras ya eran 3 en vez de cuatro, que el The Guardian bendito se apiadó de mí y en un crucigrama puso una pregunta sobre América del Sur, y que yo justo andaba por ahí cuando la hicieron, y la respondí.

Un par de semanas después, cuando las crucigrameras ya eran sólo 2 y parecía que había audiciones para ocupar el resto de los puestos de la mesa en la cocina, me encontré tomando parte del crucigrama desde el principio. Fast forward otro par de quincenas y sorprendentemente estaba incluido en mensajes que parecen indicar que soy parte de un curioso nuevo cuarteto... Por un momento me sentí Athos, o tal vez Aramis (pero nunca Porthos, eso no).

Este viernes hubo una reunión multitudinaria en la cocina para lanzar la inevitable penca local (acá son sosos hasta para armar pencas... nada de presumir resultados: se te asigna un equipo y al que le toque el campeón se lleva el pozo. Desde entonces, mi segundo equipo es Ghana), y por primera vez me sentí casi a gusto en ese lugar, y en ese contexto. Tomó 4 meses y muchos libros, pero al fin, un cierto sentido de pertenencia.

Siempre dispuesto a la aventura, siempre listo para navegar

Y sólo un rato después me enteré que los días de crucigramas están contados, ya que tanto D'Artagnan como Porthos han conseguido nuevos trabajos, y les queda en la biblioteca menos tiempo aún que a mi.

En esta ciudad transitoria y efímera, a veces parece que todos estamos recién llegados o a punto de partir, con la mira puesta un poco más allá del aquí y el ahora.

viernes, 28 de febrero de 2014

Nuevas rutinas, conversaciones sorprendentes

Creo que en mis 17 años de trayectoria laboral, nunca hasta ahora había tenido una jornada "normal", de 35 horas a la semana, lunes a viernes de 9 a 5. Desde mis épocas de becario explotado a mis jornadas vespertinas en la Ort, sumando todas las pasantías y maternity covers, y ni que hablar durante mis años de trabajo online, desde el 2004 hasta ayer nomás.

Estaba más acostumbrado de lo que creía a la flexibilidad, al "multitasking casero" de lavar platos y poner lavadoras mientras chateaba con los yanquis. Pero aunque está costando, me tenía fe en ser tan adaptable como flexible, porque sé que a lo bueno, lo malo, y lo distinto, mal o bien uno siempre se termina haciendo.

De dejar Queen Mary lo más duro fue decir hasta luego a los colegas, por supuesto. Y de llegar a Goldsmiths lo más duro es el recuerdo de las rutinas en Queen Mary. Porque claro, la distancia endulza el recuerdo. Y trabajar de cara al público o en una oficina bullanguera es muy distinto a trabajar de catalogador en una oficina en la que todos tienen su quehacer individual y hay pocas ocasiones de interacción.

Mi capacidad de adaptación me está llevando a dialogar, mentalmente, con los libros que catalogo, que me disparan ideas y me recuerdan disciplinas que solían interesarme. Y me estoy aficionando a detenerme en las dedicatorias, que muchas veces tienen mensajes disfrutables o inesperados. Por ejemplo, ésta:

A mi padre, ..., quien nunca estuvo muy seguro de en qué estaba trabajando, pero siempre estuvo muy orgulloso de que lo estuviera haciendo; y quien no vivió lo suficiente para ver lo que era. Ojalá hubiera trabajado un poco más rápido, pero sé que él hubiera preferido que me tomara el tiempo para hacerlo bien.


La verdad es que no me lo esperaba al abrir un libro sobre los crímenes de Slobodan Milošević...

Pero para diálogos e interacciones, mejor las de verdad, que son pocas pero buenas. No es de extrañar que entre mis nuevos compañeros tenga una relación más fluida con los que están en préstamo. Los veo poco, pero con ellos la afinidad es más natural y sencilla.

Esta tarde me pasé por el mostrador a llevar algunos de los nuevos libros que había ingresado, y me encontré con Paula, que es la única a la que conocía desde antes de empezar a trabajar aquí, y Michelangelo, a quien conocí la semana pasada. Nos pusimos a charlar y le pregunté a Michelangelo de qué parte de Italia venía. Mi oído para los acentos está completamente desnorteado de un tiempo a esta parte (Lore puede dar fe), al punto que Michelangelo resultó no ser italiano sino griego, de Salónica. Cuando se enteró que yo era uruguayo se le iluminó la cara. Yo no lo tenía presente, pero Pablo "el Canario" García estuvo jugando los últimos 5 años en el PAOK Salónica, y es poco menos que un héroe local. Parece que su juego recio, en particular contra los atenienses, le ganó la simpatía de la parcialidad tesalonicense.

Yo ya estaba "flipando" con encontrar puntos en común con un griego amante del fútbol y no demoré en contarle cómo, en 1994, conocí a la que poco tiempo después sería la mujer de Pablo García (esa ya es otra historia...). Michelangelo, para no ser menos, me dijo que su hijo, de 4 años, se llama Pablo...

Qué grande el Canario, que lo parió!

jueves, 31 de octubre de 2013

El poder del jueves

Debido a mi dinámica laboral, los jueves suelen ser un día de poco compromiso, de varias horas libres, de carta blanca.

Y en función de ello, mi humor suele estar pautado por el devenir de la jornada, por las actividades o inactividades, por las labores o lo laborioso que se presente el panorama.

Hoy me tocó peluquería, que como siempre es toda una aventura. Como mis pelos aparentemente "ya no daban para más", hube de ponerme en manos de la primera peluquera disponible, ya que Anita, mi "peluquera de confianza" (!!!) estaba comprometida con alguien más.

Así fue que terminé con la dueña del recinto, que nunca sé si es rusa o ucraniana, y que impone bastante respeto sobre todo cuando se arrima un poco más de lo deseable para dar un retoque aquí o allá. En esos momentos la situación se pone cómicamente tensa, casi tanto como cuando me están masajeando el cuero cabelludo y me tengo que concentrar para no soltar un suspiro atrás de otro... hay pocas cosas mejores que un buen masaje capilar!

Siempre hay riesgo de que en la peluquería las cosas salgan torcidas. Una nueva peluquera implica renovar la indecisión sobre si entregarse al small talk o imponer un férreo silencio (opté por lo segundo). También requiere admirar estoicamente cómo el pelo que cae es cada vez más y más gris (aunque esto, sorprendentemente, no me desagrada). En el caso de hoy, por suerte el día salió bien encaminado. La doña fue cómplice de mis silencios, y sólo emitía un "hmm-hmm!" muy gracioso de vez en cuando, y Anita estaba de charla con su clienta, Vincenza (Nancy para sus amigos en Londres), que hablaba con acento fuerte y me hizo acordar a nuestras vacaciones en Cerdeña.

Si soy sincero también me hizo acordar a Héctor Riva. Aunque a Lore le paspen mis impersonations, a mi Héctor Riva invariablemente me arranca una sonrisa:



Quien no se ponga de buen humor escuchando a Héctor Riva, o apreciando lo peculiar de tener a una rusa, una húngara, una italiana y un uruvasko en pleno East End, no tiene chance de sobrellevar un jueves gris en Londres. Pero no es mi caso y con las pilas recargadas encaré el resto del día.

Tras dedicarme con fruición al deporte cotidiano de lavar algunos platos, me acometí al segundo tramo de la jornada: ir al súper. Estamos ya con suficiente experiencia en las artes cotidianas como para saber a cuál de los supermercados del barrio hay que ir a comprar esto o aquello. Que si la leche aquí, que si el pan allá, que si hoy hay un 2x1 de esto o lo otro. Son cosas que te hacen apreciar la vida de barrio en medio del bullicio.

Luego de traer las básicas de los supermercados vecinos, resolví ir hasta el shopping a por los productos más selectos que no están tan a la mano (la buena carne para hacer al horno, o el "ablandador de agua" para el lavarropas... parece que el agua es dura en Londres, yo no lo entiendo, pero hay que aceptar y asumir, supongo)

Nunca es una buena señal cuando en una tarde gris y otoñal te encontrás con este cartel por la calle:


Ni que hiciera falta que nos recuerden lo que tenemos por delante. Pero por suerte hoy el día siguió siendo entretenido. La música me acompañó adecuadamente mientras yo veía a la gente pasar, siempre regalándome algo peculiar. Hoy fue un pibe con la cabeza teñida cual piel de leopardo. Ver para creer.

Por aquí siempre hay algo que te sorprende. Y cuando pensás que estás más allá de las sorpresas, que se termina la diversión, te subís a un ómnibus y te encontrás con dos flacos que están transportando un colchón de 2 plazas!

Así da gusto pasar una tarde gris.

jueves, 17 de octubre de 2013

Adiós verano

Se va, se termina, aunque en el aire se siente el otoño hace días. Se acaba lo último de este verano fugaz que pasó sigiloso y veloz entre bodas, viajes y dolores de espalda. Me imagino en unos pocos años recordando el verano del 2013 como el del casamiento B&B, la mejor producción del año aquí, allá o en cualquier parte, y el casamiento de los patatis, esos amigos que te transmiten alegría y felicidad en persona o a distancia en iguales cantidades. Uno abrió el verano y otro lo cerró, y entre medio Londres se vistió de tedio.

Qué bueno que dejamos viajes y festejos para el otoño, ¿no?

Retrocedo un momento. Acusar al verano londinense de tedioso no es solamente injusto, sino también holgazán (palabra tan deliciosa como apropiada en mi caso y contexto... si tan solo pudiera extraer mas eficiencia de tanta holgazanería estival!).

No me hace falta mas q pensar un momento para encontrar momentos memorables, en mayor o menor escala. Por supuesto está el pequeño "desvío" con mi vieja por la muy disfrutable Praga con sus techados de postal y sus cervezas de campeonato.


Y también las pequeñas cosas, como salir un jueves a la tarde al súper y ver que el sol del atardecer se refleja en los charcos.del reciente chaparrón, y volver a por la cámara y buscar esos reflejos otra vez cuando sabés que a los 5 minutos van a haber desaparecido, y conformarte (por así decir) con una telaraña que solo se adivina por las gotas.

Londres tiene algo para todos, en pequeña o gran medida. A veces solo se trata de tener la presencia de ánimo para dejarse ir de esa silla con tentáculos, soltarse de esas teclas que parece que atraen cual magnetos a las yemas de mis dedos...

Cómo trato de embellecer mis pobres excusas... hay que salir, y en eso estamos.

Mientras tanto, mis pequeñas victorias de fin de temporada estival: no haber usado la campera a pesar de este otoño precoz, cerrar otro año sin haber caído enfermo (y ya van 3), escribir sobre la holgazanería de vez en cuando...

jueves, 22 de agosto de 2013

London Fields

London Fields, el libro de Martin Amis, tiene que estar ligado a uno de mis primeros vínculos con Londres. Para cuando lo leí, a esa altura del partido ya era anglófilo hace rato, pero London Fields fue uno de los primeros libros que leí en inglés, cuando todavía estaba muy lejos de tener el nivel suficiente para entenderlo.
 
 Al día de hoy, mi teoría es que Martin Amis escribe rebuscadamente a propósito, como un elaborado ejercicio de ofuscamiento, un mecanismo que lo hace de muy difícil acceso a los pobres no-nativos como yo. Aunque también hay que decir que al único de sus libros que leí traducido tampoco le encontré mucho sentido.

Pero bueno, London Fields. Un poco por novedad, y seguramente también un poco como efecto de una limitada comprensión, este libro y en particular algunos de sus personajes se quedaron guardados en mi memoria. Con el paso de los años me plantee releerlo más de una vez, pero cada nuevo libro de Martin Amis me fue alejando más y más de su estilo, y así me fui haciendo a la idea que un buen recuerdo tal vez sea mejor que un mal reencuentro.

Por otra parte, llevo tres años acá y muy poco de lo que he visto me hizo acordar a este libro. 

Esta tarde en la biblioteca, en una de esas raras ocasiones en que estoy trabajando en el mostrador, vino una persona que manifestó trabajar en Three Mills Studio (productora de TV y cine en el barrio), a consultar si tendríamos libros y revistas viejas de las que nos fuéramos a deshacer, ya que estaban en la fase de preproducción para la filmación de London Fields, y necesitaban props que pudieran simular los diarios de Nicola Six.

Fue un extraño momento de comunión entre dos Londons muy diferentes.