lunes, 23 de mayo de 2016

Midiendo el tiempo en canciones

Esta tarde venía escuchando música, para variar, y de mi lista aleatoria surgió In the Sun, de Joseph Arthur, que de inmediato me transportó al pasado.



Allá por el año 2003, cuando estuve por primera vez de paseo en Londres y todavía se compraba música en CDs, me vine con un par de discos y en uno de ellos estaba esta canción. Tal vez un tanto melancólica, pero es cierto que nunca me importó brindarme a la melancolía.

Nunca me importó tampoco medir el tiempo en canciones. De hecho lo hice mucho y aún lo hago. Ya que estábamos en Londres, si nos transportamos a 2011 o 2012, cuando trabajaba en Queen Mary y escuchaba más música que podcasts, solía medir el tiempo que me tomaba llegar a la biblioteca en canciones (4 o 5 según el día; si intercalaba alguna larga de Pink Floyd o Sigur Rós, tal vez sólo 2 o 3).

Hoy en día la biblioteca me queda igual de cerca (I've always been lucky that way), pero en vez de en 4 canciones, llego en medio podcast, o en un cuarto de podcast si se trata de uno un poco más largo. Me entretiene más, pero no tiene la misma resonancia como unidad de medida.

Dicho todo esto, no me quiero olvidar de Joseph Arthur, porque lo tengo en el tintero hace tiempo. Justamente a él pude verlo en mayo de 2014, poco antes de volver a Bilbao, en un concierto en Camden de esos que se quedan contigo y del que escribí la mejor reseña que este blog nunca verá publicada (porque la perdí por el camino, en una nota que no sobrevivió al penúltimo cambio de teléfono).

Fue un poco extraño ir a ver un concierto con expectativas tan descolocadas. Conociendo sólo algunos de sus varios discos, buena parte del repertorio me resultó extraño. In the sun no estuvo entre las elegidas, ni tampoco uno de sus hits más populares que un chica detrás mío pedía insistentemente entre canción y canción.

Lo que sí hubo en el setlist fueron varias canciones de Lou Reed (que había muerto el año anterior; Arthur, que era su amigo, grabó un álbum de versiones poco tiempo después). También hubo sorpresas. Vaya si hubo buenas sorpresas, como cuando en medio de una canción entendí por qué había un tablón sobre un caballete en el escenario.



La mejor sorpresa de la noche, sin embargo, la dejaron para el final. Era un día de semana, y aparentemente el concierto no podía ir más allá de una cierta hora, una hora a la que llegamos con los bises. Parecía que el concierto tendría un final prematuro e intempestivo, creo recordar que hasta encendieron las luces, pero aún quedaban un par de canciones. Y resultó que el bajista del trío, que a mi me había resultado tan conocido, efectivamente era quien yo había sospechado: Mike Mills, antiguo bajista y cara sonriente de R.E.M.

Nos querían echar... el encargado del local claramente quería que el concierto terminara. Pero estaba Mike Mills! Y está todo bien con la melancolía, pero si tenés en tu banda a la cara sonriente de R.E.M., sería criminal no dejarle cantar su canción, ¿no? Así fue como a pesar de la hora y las luces, Mills cantó la penúltima canción de la noche, el clásico de 1984 (Don't Go Back To) Rockville.
 


Ya no recuerdo cuál fue la última canción. Posiblemente lo dejé escrito mientras volvía en la Northern Line y lo perdí por el camino. Pero sí me acuerdo que una noche de mayo de 2014 en el norte de Londres, una canción tal vez un poco melancólica que me enganchó en el 2003 me llevó a reencontrarme con otra de 1984 que yo escuchaba a finales de los '90, y que me llevó hasta mi casa sonriendo y con expectativas sobrepasadas por un recuerdo vitalicio.

domingo, 3 de abril de 2016

De Oderitz a Londres, vía Bilbao

Son éstos días de transición extraña; volvimos de las vacaciones el martes pero yo no vuelvo a trabajar hasta el lunes, y estos días en Bilbao se me está haciendo difícil descansar y desconectar cuando pienso en lo que fueron nuestros cuatro días de tranquilidad total en Navarra, lejos del bullicio citadino.

En Oderitz, un pueblo de 12 caseríos, un frontón y poco más, donde para ir al supermercado o la farmacia hay que subirse al auto e irse, literalmente, "tres pueblos más allá" para encontrarlos, nos quedamos en una casa rural con historia y chimenea. Todo allí invitaba al descanso, a la actitud contemplativa, a pasar las horas sin prisas. Para los días de excursión,  a tiro de piedra están el nacedero del río Larraun, la Sierra de Aralar o una antigua vía de tren reconvertida en vía verde para recorrer a pie o en bicicleta. A la tarde, de vuelta "en casa", nos sentábamos junto a la chimenea a leer o rever las fotos del día, o a charlar un rato con Amaia o Jerome, los peculiares regentes del establecimiento.

 
 
Pero estamos otra vez en Bilbo y aquí, junto a la gente y el ruido (que tampoco es tanta ni tanto) parece que también están más cerca las malas noticias, las tragedias cotidianas, masivas o de pequeña escala, que parecen haberse instalado como tónica de los últimos meses. 

Sin dejar de lado todo lo demás, estos días leía sobre la muerte de Zaha Hadid y recordaba que uno de nuestros últimos paseos en Londres fue al parque olímpico, donde ella diseñó el centro acuático. Tenemos que tener alguna foto, algún selfie de ese día en ese sitio. 


Ahora que por fin volveremos a Londres como turistas, casi dos años después, no sé si la agenda nos dejará llegar más allá del East End y hasta Stratford, para ver el centro acuático y de paso reencontrarnos con Westfield, el Black Bull o los preachers que prometen Apocalipsis a las puertas de la estación. Creo que podremos prescindir de esa experiencia.

lunes, 12 de octubre de 2015

El tiempo no para

Puede que el 6 de agosto sea un buen día para estar en el aire.

El año pasado éste fue el día en que terminó nuestro periplo londinense, y volamos a Madrid. Lo que pensamos sería una aventura intensa pero breve terminó prolongándose por cuatro intensos años. Demanding yet rewarding.

Y este año el 6 de agosto también me tocó volar a Madrid, pero esta vez luego de una escapada de 7 días a Montevideo.

La despedida de Londres se dio por etapas y tuvo mucho de lo que llegamos a asociar con nuestra experiencia propia y auténtica de la ciudad. Hubo encuentros en el pub con pintas de por medio; hubo una cena con amigos en un restaurante tailandés (¿o era chino?); y hubo, por supuesto, un picnic. Hubo risas, fotos, y promesas. Hubo siembra, aunque tal vez no fuéramos conscientes de lo que luego cosecharíamos.


Ese 6 de agosto, en la cafetería del aeropuerto (que no por casualidad era el único de los 5 londinenses que nos quedaba por conocer) me regalaron uno de los cafés y una sonrisa. Nunca supe si fue otro ejemplo de excellent customer service, ese que tanto me había sorprendido 4 años atrás en mis primeras interacciones en la ciudad, o un flirteo pasajero. Nunca fui muy bueno interpretando señales.

Luego en el control de seguridad nos confiscaron la raqueta. You win some, you lose some, y siempre se puede confiar en que un funcionario de seguridad de aeropuerto te haga perder. El tenis, de momento, es sólo un recuerdo, así como hoy recuerdo a mi último sparring que estará contento porque una de sus compatriotas ganó el US Open contra todo pronóstico.

Los días pasan, y las semanas. Y al aniversario del viaje le siguió pronto el de la mudanza a Bilbao. Tras un año en el Botxo seguimos con cambios a la vista (siempre) pero contentos con la localía y con poder estar cerca de Male y June, las sobrinas postizas que tenemos cerquita.


Al fin y al cabo, la ciudad puede ser más verde, tranquila y caminable, y no por ello la aventura menos intensa.

miércoles, 15 de julio de 2015

De Bilbao a Lavalleja

Hoy fue uno de esos días... En la Biblioteca donde ya hace más de 3 meses que estoy trabajando, suelo pensar que no pasa mucha cosa digna de contar. Pero hoy vino a pedir ayuda un señor que inesperadamente estaba investigando sobre el crowdfunding. Digo inesperadamente porque para ser un tema de desarrollo tan reciente, este señor tenía un nivel de alfabetización informacional bastante anticuado. Dicho de otro modo, quería libros en papel porque no se sentía cómodo buscando en bases de datos o leyendo en una pantalla.

Luego de unos minutos de orientación y un aceleradísimo curso sobre acceso a la web de la biblioteca y búsqueda de información, llegó la usual pregunta que, en este caso, conllevaría un colofón muy inesperado.

- ¿Y usted de dónde es?
- Soy uruguayo
- ¡No me diga! Yo he estado en Uruguay muchas veces.
- ¿Ah si?
- Si conozco La Barra, Punta del Este (por aquí pensé que íbamos bastante mal...) y también Montevideo, por supuesto.
- ...
- Es que tengo parientes que viven en Uruguay, se asentaron allí en el Siglo Diecinueve
- Ah si, ha habido mucha emigración de vascos al Uruguay (aquí arriesgué, ya que no sabía aún si él sería realmente vasco).
- Sí, ¿no sé si conoce usted el Pueblo Aramendía, en Lavalleja?
- No...
- Pues sí, Don Pedro Aramendía fue Director del Banco Nacional, también Vicente...

Ya después de esto el hombre me había dejado un poco turulato... resulta que, obviamente, sí hay un pueblo llamado Pedro Aramendía en Lavalleja (población: 96 habitantes!), y que un tal Pedro Aramendía fue Presidente del Directorio del BROU, allá por 1965.

Luego de este peculiar intercambio, el pariente de Aramendía se interesó por las fechas en que podría volver a contar con mi ayuda, y tras contentarse en la certeza de que un compatriota de sus parientes estaría allí para ayudarle al menos hasta finales de este mes, se marchó en busca de la única revista impresa que prometía facilitarle algo de información sobre crowdfunding.

jueves, 10 de julio de 2014

Efemérides

Hace cuatro años, el sábado 10 de julio de 2010, hizo mucho calor en Londres. Fue el día de la final del Mundial de Sudáfrica y fue el día en que volamos desde Bilbao con nuestras maletas y nuestra vida a cuestas. Ya conocíamos Londres como turistas, pero no nos habíamos percatado que la red de transporte público no está hecha para quien va como tortuguita con todo su equipaje al hombro. Tampoco sabíamos que en esta ciudad el calor es muy pegajoso, y que tan pronto el termómetro pasa los 25 hay espacios que se vuelven irrespirables.

En nuestro primer paseo por London nos encontramos un festival de tango al aire libre

Cuatro años más tarde, el 10 de julio fue casi todo lo contrario, con un clima de otoño bilbaíno, tal vez como anticipo de lo que se viene. Pero como a un buen bilbaíno no lo frena un txirimiri, a la tarde cambié gafas por raqueta y me fui a jugar al tenis como todas las semanas, sólo que esta vez estaba un poco más resbaloso que de costumbre. 

Porque son fechas especiales, no íbamos a dejar pasar el día así como así, por lo que Lore se juntó con Maria y Jenny, y más tarde me les uní para cenar, charlar, y reir. En suma, un día de agenda apretada, y es significativo que el camino hacia el festejo de estos cuatro años haya estado permeado por el frenesí que caracterizó nuestra estadía en esta ciudad, cada vez que logramos desembarazarnos de nuestra usual pereza para sucumbir al ritmo agotador que este lugar parece demandar.

No se nota que no paré en todo el día...

Un día como el de hoy, pero dentro de un mes, vamos a estar de vacaciones en Hinojal, disfrutando del calor y la tranquilidad, tras haber cerrado la aventura londinense. Será un gran contraste y un nuevo cambio, en este camino que sigue.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

domingo, 8 de junio de 2014

Reflexiones triviales sobre el paso del tiempo

La percepción del paso del tiempo es un tema recurrente en mis disquisiciones cotidianas, tanto durante el día cuando mido el tiempo en libros que pasan de un lado al otro de mi escritorio, como durante la noche cuando me acuesto y pienso que el día pasó muy rápido, sin darme un solo momento de reflexión sosegada.

Ayer pensaba cómo hace ya cuatro meses que la biblioteca donde trabajo me contrató para que le mire las tapas a los libros y les busque dedicatorias interesantes (mientras los catalogo a toda velocidad y con impecable eficiencia, por supuesto), les pregunte silenciosamente si me quieren llevar a dar una vuelta por aquí o por allá, o, cuando veo que la dosis de imaginación se quedó en el colchón, o se diluyó con la ducha matutina, trato de que no me importe tanto porque en la biblioteca también me pagan por escuchar música mientras hago como que me concentro en esto de la catalogación.

¿No está bueno cuando un libro puede afectar la calidad del día?


Los más de los días, la oficina se aferra férrea a su código de silencio que la hace un lugar generalmente inhóspito. Para encontrar un resquicio social es necesario huir a la cocina, donde maldecir al aburrimiento mientras se prepara (uno) un café o (ellos) un té, o se calienta el almuerzo.

Allí conocí un poco más a las que hace 4 meses ponían de relieve lo que había dejado atrás en Queen Mary y me faltaba aquí. Cuatro chicas que liquidaban rápido su almuerzo para poder concentrarse en el crucigrama del día, usualmente el de The Guardian aunque también algún otro si ése se les quedaba corto (las tipas eran expertas). Eran inseparables, y se entendían con la mirada. Tres de ellas trabajaban en la oficina, donde por supuesto no cruzaban una palabra, pero en la cocina se soltaban (a veces como cacatúas, hay que decirlo).

Me dio por llamarlas "D'Artagnan y las 3 crucigrameras", aunque nunca pude definir quién cumplía cuál personaje. Lo que sí cumplían a rajatabla era lo del "Todos para uno..."

Pero hete aquí que un día pasó lo que tan a menudo ocurre en esta ciudad. Sobrevino la movilidad laboral, y en el espacio de 2 rápidos meses D'Artagnan se quedó sin dos de sus mosqueteras, que consiguieron trabajos en sendas bibliotecas que pagarían mejor u ofrecerían mejores puestos. Lo usual y corriente.

Mientras esto sucedía, yo de a poco me fui integrando, con ellas y con otros. Que si una breve charla aquí, que si una conversación allá, buscando puntos en común y afinidades. Baby steps. Y pasó un día, como quien no quiere la cosa, cuando las crucigrameras ya eran 3 en vez de cuatro, que el The Guardian bendito se apiadó de mí y en un crucigrama puso una pregunta sobre América del Sur, y que yo justo andaba por ahí cuando la hicieron, y la respondí.

Un par de semanas después, cuando las crucigrameras ya eran sólo 2 y parecía que había audiciones para ocupar el resto de los puestos de la mesa en la cocina, me encontré tomando parte del crucigrama desde el principio. Fast forward otro par de quincenas y sorprendentemente estaba incluido en mensajes que parecen indicar que soy parte de un curioso nuevo cuarteto... Por un momento me sentí Athos, o tal vez Aramis (pero nunca Porthos, eso no).

Este viernes hubo una reunión multitudinaria en la cocina para lanzar la inevitable penca local (acá son sosos hasta para armar pencas... nada de presumir resultados: se te asigna un equipo y al que le toque el campeón se lleva el pozo. Desde entonces, mi segundo equipo es Ghana), y por primera vez me sentí casi a gusto en ese lugar, y en ese contexto. Tomó 4 meses y muchos libros, pero al fin, un cierto sentido de pertenencia.

Siempre dispuesto a la aventura, siempre listo para navegar

Y sólo un rato después me enteré que los días de crucigramas están contados, ya que tanto D'Artagnan como Porthos han conseguido nuevos trabajos, y les queda en la biblioteca menos tiempo aún que a mi.

En esta ciudad transitoria y efímera, a veces parece que todos estamos recién llegados o a punto de partir, con la mira puesta un poco más allá del aquí y el ahora.

viernes, 28 de febrero de 2014

Nuevas rutinas, conversaciones sorprendentes

Creo que en mis 17 años de trayectoria laboral, nunca hasta ahora había tenido una jornada "normal", de 35 horas a la semana, lunes a viernes de 9 a 5. Desde mis épocas de becario explotado a mis jornadas vespertinas en la Ort, sumando todas las pasantías y maternity covers, y ni que hablar durante mis años de trabajo online, desde el 2004 hasta ayer nomás.

Estaba más acostumbrado de lo que creía a la flexibilidad, al "multitasking casero" de lavar platos y poner lavadoras mientras chateaba con los yanquis. Pero aunque está costando, me tenía fe en ser tan adaptable como flexible, porque sé que a lo bueno, lo malo, y lo distinto, mal o bien uno siempre se termina haciendo.

De dejar Queen Mary lo más duro fue decir hasta luego a los colegas, por supuesto. Y de llegar a Goldsmiths lo más duro es el recuerdo de las rutinas en Queen Mary. Porque claro, la distancia endulza el recuerdo. Y trabajar de cara al público o en una oficina bullanguera es muy distinto a trabajar de catalogador en una oficina en la que todos tienen su quehacer individual y hay pocas ocasiones de interacción.

Mi capacidad de adaptación me está llevando a dialogar, mentalmente, con los libros que catalogo, que me disparan ideas y me recuerdan disciplinas que solían interesarme. Y me estoy aficionando a detenerme en las dedicatorias, que muchas veces tienen mensajes disfrutables o inesperados. Por ejemplo, ésta:

A mi padre, ..., quien nunca estuvo muy seguro de en qué estaba trabajando, pero siempre estuvo muy orgulloso de que lo estuviera haciendo; y quien no vivió lo suficiente para ver lo que era. Ojalá hubiera trabajado un poco más rápido, pero sé que él hubiera preferido que me tomara el tiempo para hacerlo bien.


La verdad es que no me lo esperaba al abrir un libro sobre los crímenes de Slobodan Milošević...

Pero para diálogos e interacciones, mejor las de verdad, que son pocas pero buenas. No es de extrañar que entre mis nuevos compañeros tenga una relación más fluida con los que están en préstamo. Los veo poco, pero con ellos la afinidad es más natural y sencilla.

Esta tarde me pasé por el mostrador a llevar algunos de los nuevos libros que había ingresado, y me encontré con Paula, que es la única a la que conocía desde antes de empezar a trabajar aquí, y Michelangelo, a quien conocí la semana pasada. Nos pusimos a charlar y le pregunté a Michelangelo de qué parte de Italia venía. Mi oído para los acentos está completamente desnorteado de un tiempo a esta parte (Lore puede dar fe), al punto que Michelangelo resultó no ser italiano sino griego, de Salónica. Cuando se enteró que yo era uruguayo se le iluminó la cara. Yo no lo tenía presente, pero Pablo "el Canario" García estuvo jugando los últimos 5 años en el PAOK Salónica, y es poco menos que un héroe local. Parece que su juego recio, en particular contra los atenienses, le ganó la simpatía de la parcialidad tesalonicense.

Yo ya estaba "flipando" con encontrar puntos en común con un griego amante del fútbol y no demoré en contarle cómo, en 1994, conocí a la que poco tiempo después sería la mujer de Pablo García (esa ya es otra historia...). Michelangelo, para no ser menos, me dijo que su hijo, de 4 años, se llama Pablo...

Qué grande el Canario, que lo parió!