martes, 17 de junio de 2008
Más juicioso
Y digo jodía, porque luego de 4 o 5 días difíciles la cosa fue “remitiendo” (como dicen por aquí… sé que es correcto, pero nosotros como que no lo usamos mucho, ¿no?) hasta convertirse en un mal circunstancial y mayormente matutino. Hoy fue la primera mañana en que me desperté sin dolor, y casi sin molestias. Oh casualidad, hoy era el día en el que tenía cita agendada con el dentista. Soy buen uruguayo en eso, ¿no? Pero no fue que lo dejara para último momento… fue lo que me dieron cuando llamé la semana pasada.
Y bueno, resultó, como parecía ya bastante obvio, que una de las muelas del juicio estaba pugnando por terminar de salir. Yo que pensé que brillaban por su ausencia, hoy me entero que una está afuera y la otra casi del todo (no me hice revisar el lado izquierdo… no quería parecer inmaduro!).
Es así… nos vamos poniendo viejos y (tal vez, sólo tal vez) juiciosos.
Más consecuencias gijonesas (y de la tarde del sábado pasado en la playa): estoy bastante despellejado.
martes, 10 de junio de 2008
Más andanzas
Eran 24 de la cuadrilla (el equivalente vasco a la barra de amigos) y un par de outsiders (Jon, el novio de una amiga de Bea, y yo).
A las 7 de la tarde nos encontramos en el bar donde siempre se reúnen estos tipos, y una hora después llegó el bus (contratado) para llevarnos hacia Gijón. Contando una parada que hicimos para cenar, fueron 4 horas y media de viaje.
Esa noche hubo una primera salida “de reconocimiento” por la ciudad (bueno, por la zona de boliches, en realidad), pero fue solo un rato ya que a la mañana siguiente había que estar en pie temprano.
El sábado por la mañana, uno de los platos fuertes del fin de semana: el descenso del Río Sella. Consiste en una travesía de 15 kilómetros en canoa desde Arriondas a Llovio, un recorrido en que el río está flanqueado por bosques y montañas. La mayor parte del descenso es tranquilo, con una leve corriente que te ayuda (a no morir remando) y hay también algunas zonas con rápidos, donde el asunto se pone verdaderamente interesante.
Así que allí estábamos nosotros, muñidos de trajes de surfista y salvavidas, de a ratos remándola y a veces dejándonos llevar (¡literalmente!). Cuando nos encontrábamos con una playita parábamos a tomar sol (así quedé…), comer algo, o simplemente reírnos con las cosas que iban pasando.
Una de las pocas recomendaciones que nos dio el instructor antes de salir (además de las básicas del remo) fue que cada vez que nos encontráramos con una bifurcación en el río la tomáramos por la derecha, para evitar los rápidos más peligrosos. Fieles al espíritu del fin de semana, yo veía como todas las bifurcaciones las tomábamos por la izquierda, invariablemente. Así se dio el primer momento chungo (jodido) de la mañana (aunque también fue el origen de un chiste que seguramente pasará a los anales de la cuadrilla). Nos encontramos con un rápido un poco más rápido que los anteriores, con la complicación extra de que tenía una curva pronunciada hacia la derecha, y en seguida otra hacia la izquierda (una chicana en toda regla). Al tomar por allí, Jon y yo íbamos terceros en un grupo de 4 canoas que iban relativamente cerca una de otra. Vimos cómo la primera canoa era arrastrada por el rápido y cómo los dos pibes no podían doblar a tiempo en la primera curva y el rápido los arrastraba hacia la orilla, dándoles vuelta la canoa. Un momento después la segunda canoa corría la misma suerte, y antes de darnos cuenta nosotros no fuimos la excepción. De repente me vi sumergido en el agua, con la canoa encima de mí, pateando para salir a flote antes que la cuarta canoa se nos viniera encima. Para hacer las cosas más interesantes un tronco de árbol venía flotando peligrosamente entre nosotros.
En definitiva la cosa no pasó a mayores. Ninguno recibió golpes muy severos y agarrándonos a las canoas, al tronco o a los remos, mal que bien logramos arrimarnos a una orilla cercana donde hicimos reconocimiento de daños (uno de los pibes tuvo un corte superficial en el cuello, probablemente contra una rama, y yo perdí mis lentes de sol, pero no perdimos canoas, remos ni bidones, lo cual fue una muy buena noticia). Pasado el susto, todos estábamos a las carcajadas, especialmente porque el primero en caer, que además era algo así como el capitán del grupo (Capitán es uno de sus motes) no tuvo mejor idea que gritar “¡Ayudarme!” cuando se cayó de su canoa, y luego, obviamente, no dejaron de repetírselo y de reírse en su cara.
Un rato después, Jon y yo tuvimos una nueva caída en un rápido (que por suerte era bastante llano). Íbamos a buena velocidad y no pudimos evitar darle de costado a una roca que sobresalía del agua, y que nos dio vuelta la canoa. En esa zona el piso era todo de piedras, y entre la fuerte corriente y el suelo desigual se nos hacía difícil aguantar la canoa sin que se nos la llevara el río. Yo estaba totalmente concentrado en la tarea y hasta último momento no vi que se nos venía encima otra canoa. Para cuando me gritaron no había manera de eludirla, y sólo pude darme vuelta un poco, cuestión que me ligué un “canoazo” en plena cadera. Otra vez, pudo ser mucho peor que lo que fue, ya que no me quedó ni un moretón.
En total nos tomó algo más de 4 horas hacer todo el descenso. Al llegar nos llevaron en camioneta al punto de partida, donde estaba el bus preparado para devolvernos a Gijón. Tendríamos algo más de una hora para descansar y reponer energías, antes de disfrazar a los novios (son 2 los que se casan el mes que viene) y salir a exhibirlos por la ciudad.
Lo que vino después también amerita relato, pero quedará para la próxima.
lunes, 9 de junio de 2008
domingo, 1 de junio de 2008
Explorar extraños nuevos mundos
El cielo estaba medio gris y medio celeste, o sea, como tantas otras veces. Al llegar al metro, un poco porque era el mejor pretexto, tomé hacia donde se vaía más celeste. Como argumento no era el mejor, tal y como probó el chaparrón que me esperaba al bajar en destino. Pero también había más por descubrir para este lado.
Parece que de a poco me voy haciendo más vasco… no sé si porque no me importaba mojarme un poco, o porque me estoy volviendo tozudo (donde fueres…) opté por no llevar euritako, otra vez. Así que cuando arreció la lluvia (conmigo caminando hacia la playa, nada menos) hube de refugiarme bajo un techo. Como ya dijo el Enano, “Va a escampar”.
Cuando efectivamente amainó retomé el plan inicial. Tan pronto emergí de mi techo protector me di cuenta que más de la mitad del cielo ya estaba celeste, y por un rato estuve caminando con capucha y lentes de sol.
Me propuse preguntarle a Fermina, que sabe muchos más refranes que la mayoría de nosotros, si aquí se estila eso de “lluvia con sol, se casa una vieja” pues en ese caso la población de solteronas de Euskadi será ínfima.
Busqué el arcoíris y traté de sacarle una foto (que no salió).
Dejé la avenida y me interné en un camino vecinal. Luego de 10 minutos las casas desaparecieron, y si no fuera por el asfalto y las montañas alrededor (siempre presentes), podría haber creído que estaba en algún balneario de la Costa de Oro, o en algún lugar del interior… por un rato sólo se escucharon los pájaros, y al final de una cuesta apareció el mar.
miércoles, 28 de mayo de 2008
Conociendo Vitoria-Gasteiz
No sé si les comenté que la Biblioteca Pública de Erandio organizó un sorteo entre todos los lectores que la visitaran el día del libro. Yo fui uno de los agraciados que se ganó una excursión a Vitoria-Gasteiz (capital de la provincia de Álava, y capital administrativa de la Comunidad Autónoma del País Vasco), y para allí nos fuimos con Tami y May (un par de amigas de Lore) el sábado pasado.
El viaje incluía una visita guiada a la Catedral Santa María, bastante famosa por el libro Los pilares de la tierra de Ken Follett, y por estar “abierta por obras” hace varios años. Esto quiere decir que está cerrada al culto, pero hay visitas guiadas a las obras de restauración que se están haciendo hace años y que se prevé continuarán hasta 2014.
Es una pena que dentro de la Catedral no se pudieran tomar fotos, pues lo que vimos, creo yo, debe ser muy difícil de apreciar en otras circunstancias. Casi toda la visita se desarrolla sobre andamios, y puede verse desde parte de los cimientos hasta las columnas agrietadas y las distintas fases de su construcción a través de los siglos, su deterioro y las refacciones anteriores, y las que están en curso en este momento. Todo con una guía que te va contando la historia del pueblo (fundado como aldea en el año 700, aprox.) y de la Catedral (cuya primera construcción data del S. XII), y te va mostrando las distintas capas donde se ven los cambios que se le hicieron a la Catedral durante los siglos; primero, al ir agrandándola, y convirtiéndola al estilo gótico, y luego las refacciones anteriores, lo que se está haciendo ahora y cómo piensan dejarla.
Aquí está el video que nos pusieron al comienzo de la visita (en inglés… no lo pude encontrar en español) y que relata casi todo lo que les acabo de contar:
Luego de la visita tuvimos algo más de un par de horas para pasear por la ciudad antes de retornar a Erandio. Con Tami y May nos dedicamos a pasear por el casco viejo de la ciudad (similar en algunas cosas al de Bilbao, aunque éste se encuentra sobre una colina por lo que las vistas de a ratos son más interesantes), y a sacar unas cuantas fotos. Como parte de mi proceso de euskaldunización, tengo que admitir que antes y después de la visita guiada estuvimos de poteo, rito al que se entrega todo buen lugareño que se precie.
Sobre la tarde, cuando ya estábamos buscando el lugar donde nos esperaría el ómnibus para volver, se descargó un buen chaparrón (por lo demás, absolutamente típico) así que nos tuvimos que recluir en un bar para no terminar calados hasta los huesos.
Ya volviendo en bus hacia Erandio, las dos bibliotecarias que nos acompañaron en el viaje nos sorprendieron (al menos a mí) con un poco más de marketing bibliotecario, y nos regalaron una bolsa con merchandising diverso, y el nuevo “librito” del amigo Ken Follet:

Son sólo 1179 páginas… Como aún no leí Los pilares de la tierra, no estoy muy apurado por leer éste, que es su continuación. Pero al menos ya tengo la solución si se le rompe una pata a la cama!
miércoles, 14 de mayo de 2008
Vicisitudes de los paseos vascos
En la arena había un chiringuito (¿cómo les decimos en uruguayo? ¿casetas?, ¿boliches?, ¿puestos de venta?) super fashion, con sillitas mirando al poniente y un poco de buena música playera (mientras estuvimos allí sonaron Marley y Calamaro… fue lo más cercano a Punta del Este que he estado en estos 3 meses, y aunque dista de ser mi playa ideal, igual me pegó un poco la nostalgia).
Desde la playa, hacia el barranco se veía un viejo molino y hacia allí nos dirigimos. Nos encontramos con un bonito paseo, un bidegorri (literalmente camino rojo, que generalmente indica una ciclovía) donde Lore demostró que con un poco de imaginación no hace falta un bi-rodado para andar en bicicleta.
Disfrutamos del sol y la larga tarde por un rato más (por aquí ya anochece pasadas las 9) antes de pegar la vuelta.
Ayer llovió todo el día, sin parar, pero hoy amaneció soleado nuevamente. El diario pronosticaba lluvias y yo imaginé que la tarde libre no pintaría para paseos (bueno, en realidad me lo advirtió Felipe). Como era de esperar, para la hora del almuerzo ya estaba cayendo un chaparrón, pero una hora más tarde volvió a brillar el sol. Yo tenía nuevamente la tarde libre, así que agarré la cámara y volví a salir.
Esta vez fui hacia la ría, y decidí cruzarla en el barco que va de Erandio hasta Barakaldo, en la margen de enfrente. Según me han contado era el medio de transporte más frecuente para cruzar de un lado al otro hasta que inauguraron el metro, hace algunos años.
Desde la margen izquierda, exactamente frente a la calle Obieta tomé esta foto que complementa las vistas cotidianas (en particular las vistas este y oeste) que les mostré hace unos días:
Seguí mi paseo alejándome de la ría y avanzando hacia Barakaldo, mientras una densa nube gris se cernía sobre un monte cercano. Me imaginé que la historia volvería a repetirse, pero no había tenido ganas de cargar con el paraguas. El chaparrón parecía inevitable y 10 minutos más tarde cumplió su promesa. Quiso la suerte que yo estuviera pasando justo frente al estadio del Barakaldo Club de Fútbol (nótense sus colores, por favor) que me proveyó un techo durante el breve aguacero. Aquí hay una foto de sus simpáticas instalaciones:
Pocos minutos más tarde había amainado, y yo me dirigí hacia donde supuse que estaba el centro de Barakaldo, procurando estar cerca del metro si la historia volvía a repetirse (y porque, la verdad, ya estaba un poco cansado de la caminata, y no estaba como para echarse en el pastito dado lo que acababa de ocurrir). Me tomó un rato encontrar el camino, pero siguiendo a la gente y los autos fui a parar a una plaza, de allí a una avenida, y el resto fue historia. Creo que me dio el tiempo justo para evitar la hora punta y no viajar como sardina en lata, cosa que habría empañado bastante el final de esta aventura.
Huelga decir que para cuando emergí del metro en Erandio había un sol que rajaba las piedras, otra vez.
Suele ser así.
domingo, 4 de mayo de 2008
Tengo una banda amiga que me aguanta el corazón ♪
Anoche tocó la Vela en Bilbao... y hoy estoy un poco afónico. :)
Hace unos días me enteré que la Vela estaba de gira por España, y que la última fecha era Bilbao. Ésta es la mía, me dije.
“…y de pronto todo es ilusión…”
Lore no me podía acompañar por su laburo, pero la semana pasada le comenté del recital a Víctor, su hermano, mientras veíamos algunos videos en YouTube de guitarristas virtuosos y grupos de su gusto y el mío… una cosa llevó a la otra, y al final del día se fue a su casa con varios temas de la Vela en su MP3… a los dos días me reafirmó su ofrecimiento inicial; quería venir conmigo al recital. Fenomenal.
Los días previos tuvieron mucho de anticipación y un poco de incertidumbre también. Por si las moscas, me quería asegurar de conseguir las entradas de forma anticipada. La librería/disquería donde las vendían estaba ‘chapada’ cuando llegué, pero como tantos otros comercios bilbaínos, se despertó de su siesta pasadas las 5 de la tarde.
El principal problema pasaba a ser el cómo llegar al lugar del concierto, un gaztetxe (“casa de reunión de jóvenes”) que estaba en Rekalde, barrio fuera del circuito del metro (y por ende bastante desconocido aún para mí). Tras un par de días de investigación virtual y no tanto en mapas varios, y un poco de exploración de campo, me sentí bastante confiado en poder llegar sin mayores contratiempos. De todas formas fue una suerte que el gaztetxe apareciera frente a nosotros cuando íbamos en el bus, porque si no hubiéramos seguido de largo tranquilamente. Ocupaba una amplia esquina en una plaza, y tan pronto me bajé lo primero que vi fue a un flaco con un termo bajo el brazo. “Estamos bien” le dije a Víctor con toda seguridad.
“…al camino que elegí / yo no sé quién me llevó / si las vueltas de la vida / o si las vueltas las di yo….”
Llegamos 15 minutos antes de la hora pautada, pero por suerte ya estaban tocando los teloneros (the sooner the better…). No es que sonaran mal, de hecho eran un power trío bastante respetable, pero no era el motivo de reunión, y eso estaba claro. Había todavía mucha gente afuera, y los que estaban dentro estaban desperdigados en el amplio galpón, sentados en unos bancos a los costados del escenario o acodados a la barra. Tal vez fue esto lo que me hizo prestar atención a los únicos tres tipos que estaban frente al escenario, aplaudiendo cada tema que pasaba… uno de ellos era el Enano, otro el Cebolla. Yo se lo contaba a Víctor, que ‘flipaba’ conmigo frente a la naturalidad y la tranquilidad con que se movían entre la gente.
Pasó una hora entre que terminaron los teloneros y armaron el escenario para la Vela. Entretanto el Enano se sacó unas cuantas fotos con algunos compatriotas, firmó algún disco a pedido de un cholulo, fue al baño… esas cosas que en los recitales en Montevideo seguramente también pasen, pero son tanto más difíciles de ver. Yo lo tuve al lado mío en más de una ocasión, pero no fui lo suficientemente cholulo, o no se me ocurrió nada lo suficientemente interesante para decirle.
Las luces se apagaron y la gente empezó a arrimarse al escenario. No teníamos claro aún cuántos de los presentes serían uruguayos, pero yo diría que habíamos unas 200 o 300 personas, y alrededor del 60 o 70% éramos del paisito. Seguro que el 99% de los que estaban agitando lo eran.
El Cebolla me dejó de cara con su dominio del euskera. No sólo abundaron los eskerrik asko al final de cada canción, sino que cuando se aprestaba a cantar Clones la precedió con una canción en euskera, a capella, dedicada a un “vaskito” cuyo nombre no pude retener.
Luego, el Enano nos dedicó Vuelan palos especialmente “a los de acá y a los de allá”.
El recital tuvo una cercanía y una magia digna de un toque en el interior (como el de Buitres en La Cascada, en Migues, donde le arrancamos al Pepe Rambao una dedicatoria para el Caracú). Ver a los tipos tan de cerca es todo un privilegio, y hace que el recital no tenga nada que ver con uno en el Teatro de Verano o el Velódromo. La verdad es que me esperaba un recital más corto, o con menos fuerza, pero fue todo lo contrario. Dos horas de pura intensidad.
Cuando arrancó el segundo bis con El Viejo me hice a la idea que se estaba terminando la fiesta. Tocaron una más y luego cerró el Enano con José sabía.
“… adiós a todo placer, que te saque de la amargura…”
