martes, 23 de mayo de 2023

Martin Amis y la anglofilia

 Allá por mediados de los 90, en tiempos fértiles para la siembra de fanatismos o al menos aficiones intensas, una sucesión de buenas profesoras de inglés en el Anglo facilitaron que me diera frecuentemente por subir a la biblioteca a perderme entre las estanterías de ficción. 

Allí leí un poco de todo, pero quien me causó más impresión y consolidó la anglofilia que ya se estaba formando fue Martin Amis, con London Fields. Esto fue varios años antes de viajar por primera vez a Inglaterra, pensando que sabía mucho inglés y descubriendo the hard way que sabía más bien poquito. Fue años antes incluso de aprobar el Proficiency, que sigue siendo a día de hoy mi mayor orgullo académico, pero que también fue ampliamente superado por la realidad de vivir en otro idioma.

Tras London Fields siguieron Money, Success y especialmente Time's arrow. Amis fue, durante un tiempo, mi escritor favorito, como había sido Asimov, como sería luego Auster. 

Hoy, cuando me enteré de la muerte de Martin Amis, me dio por pensar qué habría entendido yo de aquella novela. Muchos años más tarde, después de haber vivido más de 4 años en Londres, me dio por reabrir London Fields y leer los primeros capítulos otra vez. Ya no me gustó tanto (ya había pasado página), pero lo que más me llamó la atención fue que aún entonces, tras tanto estudio, tanta vivencia, tanta inmersión en el idioma, había mucho, pero mucho que no entendía de la escritura del libro. 

Entonces... ¿qué pude entender cuando lo leí por primera vez? Tal vez no tanto, pero el mensaje llegó, de alguna forma. Y porque todos cambiamos, mucho, para que otras cosas permanezcan, Martin Amis quedó bastante relegado, pero la anglofilia mutó, pasó por otros milestones, y se quedó, por supuesto.

Y otra cosa... no sé si tiene que ver con ser bibliotecario, pero nunca fui de tener muchos libros en casa. Los libros se leen y se devuelven, o se pasan a alguien más, ¿no? O casi todos. De los pocos libros que tengo en la estantería como objetos, como señales de lo que soy o lo que fui, de los que metería en una caja si me tuviera que mudar, con Fever Pitch de Hornby, con Rayuela de Cortázar, ahí está también London Fields.


jueves, 14 de febrero de 2019

Memorables

Una cortita y al pie.

La semana pasada hablábamos con nuestros amigos Ibai y Maritxu sobre cómo el sentido del olfato es el que más directamente te conecta con recuerdos y vivencias... Esta tarde estaba revisando un libro publicado en 1964, y su olor me transportó directamente a mi infancia. Primero a los libros de Monteiro Lobato con los que me deleitaba en casa; seguidamente a los de Verne, Salgari o Asimov que tomaba en préstamo de la Cátedra Alicia Goyena.

Pero tan sólo un instante más tarde (¡gracias, corteza prefrontal!)  me vi a mi mismo olisqueando el libro (¡ups!) y me acordé de aquel candidato que se presentó a un puesto de bibliotecario en Londres, en aquellas épocas en que a mí me tocaba evaluar y filtrar las applications, y decidir a quién íbamos a entrevistar. El personaje en cuestión había escrito que se sentía positively excited con el olor que emanaba al hojear los libros. Mi compañera Mandy y yo nos reímos durante años con el párrafo del susodicho (un héroe, a mi modo de ver). Por cierto, no pasó el filtro... 

miércoles, 30 de enero de 2019

¿10 años no pasan en vano?

Escrito hace un año, terminado/publicado recién hoy...

¿Qué mejor ocasión para volver la vista atrás que un aniversario como éste?

Parece que fue ayer (en realidad no) pero ya han pasado 10 años de aquel miércoles (me informa la computadora) 30 de enero de 2008 en que Rolo cumplía y cambiaba de década, como hoy (¡feliz cumple, vieja!), y nosotros, Lore y yo, nos tomábamos un avión con un par de valijas y un sinnúmero de incertidumbres.

Muy poco recuerdo de la mañana del jueves 31 de enero, cuando llegamos a Loiu. En el aeropuerto nos esperaba Felipe, que me recibió con el cariño que con el tiempo me supe ganar, pero que él adelantó generoso, fiel a su talante. El resto de los vagos recuerdos bien pueden ser de otros días, pero destacan la presencia de la (entonces) pequeña Irati y sus musiquitas, las vistas al monte desde Erandio, y el olor del frío, cargado de verde y tan distinto al montevideano. Ése mismo olor que sentí hace unos días, cuando finalmente se apersonó el invierno de este año, y que me llevó directamente a aquellos años en que era novedoso.

No creo que valga la pena un esfuerzo de memoria o un repaso memorioso (que en mi caso por otra parte estaría condenado al fracaso), ni un listado de highlights de estos años un poco nómades desde Londres a Bilbao. Sí es verdad que con el paso del tiempo me fue costando cada vez más trasladar las vicisitudes de la experiencia hacia la página, y que el retorno a Bilbao tuvo mucho de vuelta a casa, en cuanto a que todo parecía un poco más estable o si acaso, menos novedoso.

Tampoco escapa a mi detector de ironías que una de mis principales ocupaciones en CuantoCambio, el paso y la percepción del tiempo, fueran de las principales víctimas en mi sucumbir a la tecnología táctil y sus gratificaciones instantáneas. Si antes podía medir el camino de casa al trabajo en canciones y ahora pierdo la cuenta del número de tweets que entran en el mismo trayecto, puede que la diferencia sea un poco mayor de lo que parece.

En todo caso, son 10 años en éste otro hemisferio. Está lejos de un "¡quién lo hubiera dicho!", pero no está mal tener un número redondo para resetear la cuenta, ¿y tal vez ponerla en manos de Ibai y sus viajes a Uruguay?




lunes, 23 de mayo de 2016

Midiendo el tiempo en canciones

Esta tarde venía escuchando música, para variar, y de mi lista aleatoria surgió In the Sun, de Joseph Arthur, que de inmediato me transportó al pasado.



Allá por el año 2003, cuando estuve por primera vez de paseo en Londres y todavía se compraba música en CDs, me vine con un par de discos y en uno de ellos estaba esta canción. Tal vez un tanto melancólica, pero es cierto que nunca me importó brindarme a la melancolía.

Nunca me importó tampoco medir el tiempo en canciones. De hecho lo hice mucho y aún lo hago. Ya que estábamos en Londres, si nos transportamos a 2011 o 2012, cuando trabajaba en Queen Mary y escuchaba más música que podcasts, solía medir el tiempo que me tomaba llegar a la biblioteca en canciones (4 o 5 según el día; si intercalaba alguna larga de Pink Floyd o Sigur Rós, tal vez sólo 2 o 3).

Hoy en día la biblioteca me queda igual de cerca (I've always been lucky that way), pero en vez de en 4 canciones, llego en medio podcast, o en un cuarto de podcast si se trata de uno un poco más largo. Me entretiene más, pero no tiene la misma resonancia como unidad de medida.

Dicho todo esto, no me quiero olvidar de Joseph Arthur, porque lo tengo en el tintero hace tiempo. Justamente a él pude verlo en mayo de 2014, poco antes de volver a Bilbao, en un concierto en Camden de esos que se quedan contigo y del que escribí la mejor reseña que este blog nunca verá publicada (porque la perdí por el camino, en una nota que no sobrevivió al penúltimo cambio de teléfono).

Fue un poco extraño ir a ver un concierto con expectativas tan descolocadas. Conociendo sólo algunos de sus varios discos, buena parte del repertorio me resultó extraño. In the sun no estuvo entre las elegidas, ni tampoco uno de sus hits más populares que un chica detrás mío pedía insistentemente entre canción y canción.

Lo que sí hubo en el setlist fueron varias canciones de Lou Reed (que había muerto el año anterior; Arthur, que era su amigo, grabó un álbum de versiones poco tiempo después). También hubo sorpresas. Vaya si hubo buenas sorpresas, como cuando en medio de una canción entendí por qué había un tablón sobre un caballete en el escenario.



La mejor sorpresa de la noche, sin embargo, la dejaron para el final. Era un día de semana, y aparentemente el concierto no podía ir más allá de una cierta hora, una hora a la que llegamos con los bises. Parecía que el concierto tendría un final prematuro e intempestivo, creo recordar que hasta encendieron las luces, pero aún quedaban un par de canciones. Y resultó que el bajista del trío, que a mi me había resultado tan conocido, efectivamente era quien yo había sospechado: Mike Mills, antiguo bajista y cara sonriente de R.E.M.

Nos querían echar... el encargado del local claramente quería que el concierto terminara. Pero estaba Mike Mills! Y está todo bien con la melancolía, pero si tenés en tu banda a la cara sonriente de R.E.M., sería criminal no dejarle cantar su canción, ¿no? Así fue como a pesar de la hora y las luces, Mills cantó la penúltima canción de la noche, el clásico de 1984 (Don't Go Back To) Rockville.
 


Ya no recuerdo cuál fue la última canción. Posiblemente lo dejé escrito mientras volvía en la Northern Line y lo perdí por el camino. Pero sí me acuerdo que una noche de mayo de 2014 en el norte de Londres, una canción tal vez un poco melancólica que me enganchó en el 2003 me llevó a reencontrarme con otra de 1984 que yo escuchaba a finales de los '90, y que me llevó hasta mi casa sonriendo y con expectativas sobrepasadas por un recuerdo vitalicio.

domingo, 3 de abril de 2016

De Oderitz a Londres, vía Bilbao

Son éstos días de transición extraña; volvimos de las vacaciones el martes pero yo no vuelvo a trabajar hasta el lunes, y estos días en Bilbao se me está haciendo difícil descansar y desconectar cuando pienso en lo que fueron nuestros cuatro días de tranquilidad total en Navarra, lejos del bullicio citadino.

En Oderitz, un pueblo de 12 caseríos, un frontón y poco más, donde para ir al supermercado o la farmacia hay que subirse al auto e irse, literalmente, "tres pueblos más allá" para encontrarlos, nos quedamos en una casa rural con historia y chimenea. Todo allí invitaba al descanso, a la actitud contemplativa, a pasar las horas sin prisas. Para los días de excursión,  a tiro de piedra están el nacedero del río Larraun, la Sierra de Aralar o una antigua vía de tren reconvertida en vía verde para recorrer a pie o en bicicleta. A la tarde, de vuelta "en casa", nos sentábamos junto a la chimenea a leer o rever las fotos del día, o a charlar un rato con Amaia o Jerome, los peculiares regentes del establecimiento.

 
 
Pero estamos otra vez en Bilbo y aquí, junto a la gente y el ruido (que tampoco es tanta ni tanto) parece que también están más cerca las malas noticias, las tragedias cotidianas, masivas o de pequeña escala, que parecen haberse instalado como tónica de los últimos meses. 

Sin dejar de lado todo lo demás, estos días leía sobre la muerte de Zaha Hadid y recordaba que uno de nuestros últimos paseos en Londres fue al parque olímpico, donde ella diseñó el centro acuático. Tenemos que tener alguna foto, algún selfie de ese día en ese sitio. 


Ahora que por fin volveremos a Londres como turistas, casi dos años después, no sé si la agenda nos dejará llegar más allá del East End y hasta Stratford, para ver el centro acuático y de paso reencontrarnos con Westfield, el Black Bull o los preachers que prometen Apocalipsis a las puertas de la estación. Creo que podremos prescindir de esa experiencia.

lunes, 12 de octubre de 2015

El tiempo no para

Puede que el 6 de agosto sea un buen día para estar en el aire.

El año pasado éste fue el día en que terminó nuestro periplo londinense, y volamos a Madrid. Lo que pensamos sería una aventura intensa pero breve terminó prolongándose por cuatro intensos años. Demanding yet rewarding.

Y este año el 6 de agosto también me tocó volar a Madrid, pero esta vez luego de una escapada de 7 días a Montevideo.

La despedida de Londres se dio por etapas y tuvo mucho de lo que llegamos a asociar con nuestra experiencia propia y auténtica de la ciudad. Hubo encuentros en el pub con pintas de por medio; hubo una cena con amigos en un restaurante tailandés (¿o era chino?); y hubo, por supuesto, un picnic. Hubo risas, fotos, y promesas. Hubo siembra, aunque tal vez no fuéramos conscientes de lo que luego cosecharíamos.


Ese 6 de agosto, en la cafetería del aeropuerto (que no por casualidad era el único de los 5 londinenses que nos quedaba por conocer) me regalaron uno de los cafés y una sonrisa. Nunca supe si fue otro ejemplo de excellent customer service, ese que tanto me había sorprendido 4 años atrás en mis primeras interacciones en la ciudad, o un flirteo pasajero. Nunca fui muy bueno interpretando señales.

Luego en el control de seguridad nos confiscaron la raqueta. You win some, you lose some, y siempre se puede confiar en que un funcionario de seguridad de aeropuerto te haga perder. El tenis, de momento, es sólo un recuerdo, así como hoy recuerdo a mi último sparring que estará contento porque una de sus compatriotas ganó el US Open contra todo pronóstico.

Los días pasan, y las semanas. Y al aniversario del viaje le siguió pronto el de la mudanza a Bilbao. Tras un año en el Botxo seguimos con cambios a la vista (siempre) pero contentos con la localía y con poder estar cerca de Male y June, las sobrinas postizas que tenemos cerquita.


Al fin y al cabo, la ciudad puede ser más verde, tranquila y caminable, y no por ello la aventura menos intensa.

miércoles, 15 de julio de 2015

De Bilbao a Lavalleja

Hoy fue uno de esos días... En la Biblioteca donde ya hace más de 3 meses que estoy trabajando, suelo pensar que no pasa mucha cosa digna de contar. Pero hoy vino a pedir ayuda un señor que inesperadamente estaba investigando sobre el crowdfunding. Digo inesperadamente porque para ser un tema de desarrollo tan reciente, este señor tenía un nivel de alfabetización informacional bastante anticuado. Dicho de otro modo, quería libros en papel porque no se sentía cómodo buscando en bases de datos o leyendo en una pantalla.

Luego de unos minutos de orientación y un aceleradísimo curso sobre acceso a la web de la biblioteca y búsqueda de información, llegó la usual pregunta que, en este caso, conllevaría un colofón muy inesperado.

- ¿Y usted de dónde es?
- Soy uruguayo
- ¡No me diga! Yo he estado en Uruguay muchas veces.
- ¿Ah si?
- Si conozco La Barra, Punta del Este (por aquí pensé que íbamos bastante mal...) y también Montevideo, por supuesto.
- ...
- Es que tengo parientes que viven en Uruguay, se asentaron allí en el Siglo Diecinueve
- Ah si, ha habido mucha emigración de vascos al Uruguay (aquí arriesgué, ya que no sabía aún si él sería realmente vasco).
- Sí, ¿no sé si conoce usted el Pueblo Aramendía, en Lavalleja?
- No...
- Pues sí, Don Pedro Aramendía fue Director del Banco Nacional, también Vicente...

Ya después de esto el hombre me había dejado un poco turulato... resulta que, obviamente, sí hay un pueblo llamado Pedro Aramendía en Lavalleja (población: 96 habitantes!), y que un tal Pedro Aramendía fue Presidente del Directorio del BROU, allá por 1965.

Luego de este peculiar intercambio, el pariente de Aramendía se interesó por las fechas en que podría volver a contar con mi ayuda, y tras contentarse en la certeza de que un compatriota de sus parientes estaría allí para ayudarle al menos hasta finales de este mes, se marchó en busca de la única revista impresa que prometía facilitarle algo de información sobre crowdfunding.

jueves, 10 de julio de 2014

Efemérides

Hace cuatro años, el sábado 10 de julio de 2010, hizo mucho calor en Londres. Fue el día de la final del Mundial de Sudáfrica y fue el día en que volamos desde Bilbao con nuestras maletas y nuestra vida a cuestas. Ya conocíamos Londres como turistas, pero no nos habíamos percatado que la red de transporte público no está hecha para quien va como tortuguita con todo su equipaje al hombro. Tampoco sabíamos que en esta ciudad el calor es muy pegajoso, y que tan pronto el termómetro pasa los 25 hay espacios que se vuelven irrespirables.

En nuestro primer paseo por London nos encontramos un festival de tango al aire libre

Cuatro años más tarde, el 10 de julio fue casi todo lo contrario, con un clima de otoño bilbaíno, tal vez como anticipo de lo que se viene. Pero como a un buen bilbaíno no lo frena un txirimiri, a la tarde cambié gafas por raqueta y me fui a jugar al tenis como todas las semanas, sólo que esta vez estaba un poco más resbaloso que de costumbre. 

Porque son fechas especiales, no íbamos a dejar pasar el día así como así, por lo que Lore se juntó con Maria y Jenny, y más tarde me les uní para cenar, charlar, y reir. En suma, un día de agenda apretada, y es significativo que el camino hacia el festejo de estos cuatro años haya estado permeado por el frenesí que caracterizó nuestra estadía en esta ciudad, cada vez que logramos desembarazarnos de nuestra usual pereza para sucumbir al ritmo agotador que este lugar parece demandar.

No se nota que no paré en todo el día...

Un día como el de hoy, pero dentro de un mes, vamos a estar de vacaciones en Hinojal, disfrutando del calor y la tranquilidad, tras haber cerrado la aventura londinense. Será un gran contraste y un nuevo cambio, en este camino que sigue.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

domingo, 8 de junio de 2014

Reflexiones triviales sobre el paso del tiempo

La percepción del paso del tiempo es un tema recurrente en mis disquisiciones cotidianas, tanto durante el día cuando mido el tiempo en libros que pasan de un lado al otro de mi escritorio, como durante la noche cuando me acuesto y pienso que el día pasó muy rápido, sin darme un solo momento de reflexión sosegada.

Ayer pensaba cómo hace ya cuatro meses que la biblioteca donde trabajo me contrató para que le mire las tapas a los libros y les busque dedicatorias interesantes (mientras los catalogo a toda velocidad y con impecable eficiencia, por supuesto), les pregunte silenciosamente si me quieren llevar a dar una vuelta por aquí o por allá, o, cuando veo que la dosis de imaginación se quedó en el colchón, o se diluyó con la ducha matutina, trato de que no me importe tanto porque en la biblioteca también me pagan por escuchar música mientras hago como que me concentro en esto de la catalogación.

¿No está bueno cuando un libro puede afectar la calidad del día?


Los más de los días, la oficina se aferra férrea a su código de silencio que la hace un lugar generalmente inhóspito. Para encontrar un resquicio social es necesario huir a la cocina, donde maldecir al aburrimiento mientras se prepara (uno) un café o (ellos) un té, o se calienta el almuerzo.

Allí conocí un poco más a las que hace 4 meses ponían de relieve lo que había dejado atrás en Queen Mary y me faltaba aquí. Cuatro chicas que liquidaban rápido su almuerzo para poder concentrarse en el crucigrama del día, usualmente el de The Guardian aunque también algún otro si ése se les quedaba corto (las tipas eran expertas). Eran inseparables, y se entendían con la mirada. Tres de ellas trabajaban en la oficina, donde por supuesto no cruzaban una palabra, pero en la cocina se soltaban (a veces como cacatúas, hay que decirlo).

Me dio por llamarlas "D'Artagnan y las 3 crucigrameras", aunque nunca pude definir quién cumplía cuál personaje. Lo que sí cumplían a rajatabla era lo del "Todos para uno..."

Pero hete aquí que un día pasó lo que tan a menudo ocurre en esta ciudad. Sobrevino la movilidad laboral, y en el espacio de 2 rápidos meses D'Artagnan se quedó sin dos de sus mosqueteras, que consiguieron trabajos en sendas bibliotecas que pagarían mejor u ofrecerían mejores puestos. Lo usual y corriente.

Mientras esto sucedía, yo de a poco me fui integrando, con ellas y con otros. Que si una breve charla aquí, que si una conversación allá, buscando puntos en común y afinidades. Baby steps. Y pasó un día, como quien no quiere la cosa, cuando las crucigrameras ya eran 3 en vez de cuatro, que el The Guardian bendito se apiadó de mí y en un crucigrama puso una pregunta sobre América del Sur, y que yo justo andaba por ahí cuando la hicieron, y la respondí.

Un par de semanas después, cuando las crucigrameras ya eran sólo 2 y parecía que había audiciones para ocupar el resto de los puestos de la mesa en la cocina, me encontré tomando parte del crucigrama desde el principio. Fast forward otro par de quincenas y sorprendentemente estaba incluido en mensajes que parecen indicar que soy parte de un curioso nuevo cuarteto... Por un momento me sentí Athos, o tal vez Aramis (pero nunca Porthos, eso no).

Este viernes hubo una reunión multitudinaria en la cocina para lanzar la inevitable penca local (acá son sosos hasta para armar pencas... nada de presumir resultados: se te asigna un equipo y al que le toque el campeón se lleva el pozo. Desde entonces, mi segundo equipo es Ghana), y por primera vez me sentí casi a gusto en ese lugar, y en ese contexto. Tomó 4 meses y muchos libros, pero al fin, un cierto sentido de pertenencia.

Siempre dispuesto a la aventura, siempre listo para navegar

Y sólo un rato después me enteré que los días de crucigramas están contados, ya que tanto D'Artagnan como Porthos han conseguido nuevos trabajos, y les queda en la biblioteca menos tiempo aún que a mi.

En esta ciudad transitoria y efímera, a veces parece que todos estamos recién llegados o a punto de partir, con la mira puesta un poco más allá del aquí y el ahora.

viernes, 28 de febrero de 2014

Nuevas rutinas, conversaciones sorprendentes

Creo que en mis 17 años de trayectoria laboral, nunca hasta ahora había tenido una jornada "normal", de 35 horas a la semana, lunes a viernes de 9 a 5. Desde mis épocas de becario explotado a mis jornadas vespertinas en la Ort, sumando todas las pasantías y maternity covers, y ni que hablar durante mis años de trabajo online, desde el 2004 hasta ayer nomás.

Estaba más acostumbrado de lo que creía a la flexibilidad, al "multitasking casero" de lavar platos y poner lavadoras mientras chateaba con los yanquis. Pero aunque está costando, me tenía fe en ser tan adaptable como flexible, porque sé que a lo bueno, lo malo, y lo distinto, mal o bien uno siempre se termina haciendo.

De dejar Queen Mary lo más duro fue decir hasta luego a los colegas, por supuesto. Y de llegar a Goldsmiths lo más duro es el recuerdo de las rutinas en Queen Mary. Porque claro, la distancia endulza el recuerdo. Y trabajar de cara al público o en una oficina bullanguera es muy distinto a trabajar de catalogador en una oficina en la que todos tienen su quehacer individual y hay pocas ocasiones de interacción.

Mi capacidad de adaptación me está llevando a dialogar, mentalmente, con los libros que catalogo, que me disparan ideas y me recuerdan disciplinas que solían interesarme. Y me estoy aficionando a detenerme en las dedicatorias, que muchas veces tienen mensajes disfrutables o inesperados. Por ejemplo, ésta:

A mi padre, ..., quien nunca estuvo muy seguro de en qué estaba trabajando, pero siempre estuvo muy orgulloso de que lo estuviera haciendo; y quien no vivió lo suficiente para ver lo que era. Ojalá hubiera trabajado un poco más rápido, pero sé que él hubiera preferido que me tomara el tiempo para hacerlo bien.


La verdad es que no me lo esperaba al abrir un libro sobre los crímenes de Slobodan Milošević...

Pero para diálogos e interacciones, mejor las de verdad, que son pocas pero buenas. No es de extrañar que entre mis nuevos compañeros tenga una relación más fluida con los que están en préstamo. Los veo poco, pero con ellos la afinidad es más natural y sencilla.

Esta tarde me pasé por el mostrador a llevar algunos de los nuevos libros que había ingresado, y me encontré con Paula, que es la única a la que conocía desde antes de empezar a trabajar aquí, y Michelangelo, a quien conocí la semana pasada. Nos pusimos a charlar y le pregunté a Michelangelo de qué parte de Italia venía. Mi oído para los acentos está completamente desnorteado de un tiempo a esta parte (Lore puede dar fe), al punto que Michelangelo resultó no ser italiano sino griego, de Salónica. Cuando se enteró que yo era uruguayo se le iluminó la cara. Yo no lo tenía presente, pero Pablo "el Canario" García estuvo jugando los últimos 5 años en el PAOK Salónica, y es poco menos que un héroe local. Parece que su juego recio, en particular contra los atenienses, le ganó la simpatía de la parcialidad tesalonicense.

Yo ya estaba "flipando" con encontrar puntos en común con un griego amante del fútbol y no demoré en contarle cómo, en 1994, conocí a la que poco tiempo después sería la mujer de Pablo García (esa ya es otra historia...). Michelangelo, para no ser menos, me dijo que su hijo, de 4 años, se llama Pablo...

Qué grande el Canario, que lo parió!

jueves, 31 de octubre de 2013

El poder del jueves

Debido a mi dinámica laboral, los jueves suelen ser un día de poco compromiso, de varias horas libres, de carta blanca.

Y en función de ello, mi humor suele estar pautado por el devenir de la jornada, por las actividades o inactividades, por las labores o lo laborioso que se presente el panorama.

Hoy me tocó peluquería, que como siempre es toda una aventura. Como mis pelos aparentemente "ya no daban para más", hube de ponerme en manos de la primera peluquera disponible, ya que Anita, mi "peluquera de confianza" (!!!) estaba comprometida con alguien más.

Así fue que terminé con la dueña del recinto, que nunca sé si es rusa o ucraniana, y que impone bastante respeto sobre todo cuando se arrima un poco más de lo deseable para dar un retoque aquí o allá. En esos momentos la situación se pone cómicamente tensa, casi tanto como cuando me están masajeando el cuero cabelludo y me tengo que concentrar para no soltar un suspiro atrás de otro... hay pocas cosas mejores que un buen masaje capilar!

Siempre hay riesgo de que en la peluquería las cosas salgan torcidas. Una nueva peluquera implica renovar la indecisión sobre si entregarse al small talk o imponer un férreo silencio (opté por lo segundo). También requiere admirar estoicamente cómo el pelo que cae es cada vez más y más gris (aunque esto, sorprendentemente, no me desagrada). En el caso de hoy, por suerte el día salió bien encaminado. La doña fue cómplice de mis silencios, y sólo emitía un "hmm-hmm!" muy gracioso de vez en cuando, y Anita estaba de charla con su clienta, Vincenza (Nancy para sus amigos en Londres), que hablaba con acento fuerte y me hizo acordar a nuestras vacaciones en Cerdeña.

Si soy sincero también me hizo acordar a Héctor Riva. Aunque a Lore le paspen mis impersonations, a mi Héctor Riva invariablemente me arranca una sonrisa:



Quien no se ponga de buen humor escuchando a Héctor Riva, o apreciando lo peculiar de tener a una rusa, una húngara, una italiana y un uruvasko en pleno East End, no tiene chance de sobrellevar un jueves gris en Londres. Pero no es mi caso y con las pilas recargadas encaré el resto del día.

Tras dedicarme con fruición al deporte cotidiano de lavar algunos platos, me acometí al segundo tramo de la jornada: ir al súper. Estamos ya con suficiente experiencia en las artes cotidianas como para saber a cuál de los supermercados del barrio hay que ir a comprar esto o aquello. Que si la leche aquí, que si el pan allá, que si hoy hay un 2x1 de esto o lo otro. Son cosas que te hacen apreciar la vida de barrio en medio del bullicio.

Luego de traer las básicas de los supermercados vecinos, resolví ir hasta el shopping a por los productos más selectos que no están tan a la mano (la buena carne para hacer al horno, o el "ablandador de agua" para el lavarropas... parece que el agua es dura en Londres, yo no lo entiendo, pero hay que aceptar y asumir, supongo)

Nunca es una buena señal cuando en una tarde gris y otoñal te encontrás con este cartel por la calle:


Ni que hiciera falta que nos recuerden lo que tenemos por delante. Pero por suerte hoy el día siguió siendo entretenido. La música me acompañó adecuadamente mientras yo veía a la gente pasar, siempre regalándome algo peculiar. Hoy fue un pibe con la cabeza teñida cual piel de leopardo. Ver para creer.

Por aquí siempre hay algo que te sorprende. Y cuando pensás que estás más allá de las sorpresas, que se termina la diversión, te subís a un ómnibus y te encontrás con dos flacos que están transportando un colchón de 2 plazas!

Así da gusto pasar una tarde gris.

jueves, 17 de octubre de 2013

Adiós verano

Se va, se termina, aunque en el aire se siente el otoño hace días. Se acaba lo último de este verano fugaz que pasó sigiloso y veloz entre bodas, viajes y dolores de espalda. Me imagino en unos pocos años recordando el verano del 2013 como el del casamiento B&B, la mejor producción del año aquí, allá o en cualquier parte, y el casamiento de los patatis, esos amigos que te transmiten alegría y felicidad en persona o a distancia en iguales cantidades. Uno abrió el verano y otro lo cerró, y entre medio Londres se vistió de tedio.

Qué bueno que dejamos viajes y festejos para el otoño, ¿no?

Retrocedo un momento. Acusar al verano londinense de tedioso no es solamente injusto, sino también holgazán (palabra tan deliciosa como apropiada en mi caso y contexto... si tan solo pudiera extraer mas eficiencia de tanta holgazanería estival!).

No me hace falta mas q pensar un momento para encontrar momentos memorables, en mayor o menor escala. Por supuesto está el pequeño "desvío" con mi vieja por la muy disfrutable Praga con sus techados de postal y sus cervezas de campeonato.


Y también las pequeñas cosas, como salir un jueves a la tarde al súper y ver que el sol del atardecer se refleja en los charcos.del reciente chaparrón, y volver a por la cámara y buscar esos reflejos otra vez cuando sabés que a los 5 minutos van a haber desaparecido, y conformarte (por así decir) con una telaraña que solo se adivina por las gotas.

Londres tiene algo para todos, en pequeña o gran medida. A veces solo se trata de tener la presencia de ánimo para dejarse ir de esa silla con tentáculos, soltarse de esas teclas que parece que atraen cual magnetos a las yemas de mis dedos...

Cómo trato de embellecer mis pobres excusas... hay que salir, y en eso estamos.

Mientras tanto, mis pequeñas victorias de fin de temporada estival: no haber usado la campera a pesar de este otoño precoz, cerrar otro año sin haber caído enfermo (y ya van 3), escribir sobre la holgazanería de vez en cuando...

jueves, 22 de agosto de 2013

London Fields

London Fields, el libro de Martin Amis, tiene que estar ligado a uno de mis primeros vínculos con Londres. Para cuando lo leí, a esa altura del partido ya era anglófilo hace rato, pero London Fields fue uno de los primeros libros que leí en inglés, cuando todavía estaba muy lejos de tener el nivel suficiente para entenderlo.
 
 Al día de hoy, mi teoría es que Martin Amis escribe rebuscadamente a propósito, como un elaborado ejercicio de ofuscamiento, un mecanismo que lo hace de muy difícil acceso a los pobres no-nativos como yo. Aunque también hay que decir que al único de sus libros que leí traducido tampoco le encontré mucho sentido.

Pero bueno, London Fields. Un poco por novedad, y seguramente también un poco como efecto de una limitada comprensión, este libro y en particular algunos de sus personajes se quedaron guardados en mi memoria. Con el paso de los años me plantee releerlo más de una vez, pero cada nuevo libro de Martin Amis me fue alejando más y más de su estilo, y así me fui haciendo a la idea que un buen recuerdo tal vez sea mejor que un mal reencuentro.

Por otra parte, llevo tres años acá y muy poco de lo que he visto me hizo acordar a este libro. 

Esta tarde en la biblioteca, en una de esas raras ocasiones en que estoy trabajando en el mostrador, vino una persona que manifestó trabajar en Three Mills Studio (productora de TV y cine en el barrio), a consultar si tendríamos libros y revistas viejas de las que nos fuéramos a deshacer, ya que estaban en la fase de preproducción para la filmación de London Fields, y necesitaban props que pudieran simular los diarios de Nicola Six.

Fue un extraño momento de comunión entre dos Londons muy diferentes. 

sábado, 3 de agosto de 2013

Donde está mi casa / a place to call home

En febrero del 2008, pocos días después de haber llegado al País Vasco, Lore y yo fuimos a casa de Mari, donde conocí a "la Peñis", el grupo de amigas de Lore de toda una vida en Erandio. Nos esperaban con un cartel de bienvenida en el que un avión atravesaba un corazón en su camino desde Uruguay a Bilbao (y probablemente un "ongi etorri" también).



5 años más tarde, y escasas horas después de haberle jurado fidelidad a JuanCar (ahora ya soy Uruvasco de ley), nos volvimos a juntar a la noche en casa de Mari (aunque ella ya no vive más allí; muchas cosas han cambiado), esta vez para una despedida.

De estas ya hubo varias, una cada vez que se termina la siempre corta visita a nuestra casa vasca.

Ya llevamos más tiempo en Londres que el que estuvimos en Bilbao, que a su vez fue el doble de lo que estuvimos juntos en Uruguay. Parece que las etapas se estabilizan o ralentizan, una tras otra.

Ahora vuelvo a Londres, una vez más. La última vez que volví tras unos días fuera tuve una sensación inédita. Sabido es que el olfato es el más potente disparador de recuerdos y nostalgias. Al entrar a casa, por primera vez en Inglaterra, mi olfato me recordó cuánto extrañaba el olor de mi casa, ese extraño y particular aroma a moqueta y encierro, a polvo, a nuestra ropa y nuestras cosas.

Después de 10 días fuera y 4 días en un país con idioma extraño, otra vez vuelvo al East End, a jugar de locatario por un tiempo más.


domingo, 28 de abril de 2013

Sunday ramblings XII: Enriquesco!

Este jueves tocó a su fin el primer periodo decididamente primaveral de este gentil mes de abril que se está portando tan bien, o que tal vez está siendo simplemente clemente luego de tanto castigo previo.

Nos dejó con no menos de siete días consecutivos de tardes templadas y frecuente sol, que supimos aprovechar paseando parques y caminando a la vera del río, andando en bicicleta o retomando el ejercicio.

Tiene un encanto especial el ir a jugar el primer partido de tenis en 6 meses, el salir de casa en pantalón corto, el salir de trabajar cuando aún es de día y la campera puede volver colgada al hombro.

La primavera te devuelve el alma al cuerpo, y te ayuda a ver la cantidad de cosas bellas que hay alrededor, con sólo estar un poco dispuesto a apreciarlas. 


Casi de un día para el otro hacer planes se vuelve más sencillo, y cumplirlos no es una hazaña. Ir a encontrarse con amigos no se hace cuesta arriba, y la agenda de repente está más apretada.

Y aún así, uno de los highlights de la semana poco tuvo que ver con el sol o la primavera, y mucho con la rutina o el sentido de pertenencia local. Si mis cálculos no me fallan, ésta fue la quinta vez que fui a cortarme el pelo a donde las rusas/lituanas, luego de que razones de fuerza mayor me forzaran a dejar atrás a mis amigos los chinos. Mi nueva peluquera de confianza, Anita, es húngara y tal vez por eso, un poco oblicuamente, me hace acordar a mis abuelos. Hoy, que la veía por tercera vez consecutiva, pude decir por primera vez en muchos años esas dos palabras mágicas y liberadoras que en una peluquería son música para mis oídos: como siempre.

En su breve desconcierto pude ver que lo entendió aunque no se lo esperaba. Aquí se toman muy en serio esto de preguntarte por tu estilo (ja ja!) y parece que el como siempre no se lleva demasiado. Así que el resultado no fue exactamente como ponerse otra vez en manos de Enrique, pero estuvo bastante cerca. Lo suficiente como para que yo me apropiara de otro pequeño pedacito de mi Londres.

A la salida del concierto de Jenny Said Yes esta tarde, nos fuimos a tomar una con amigos, incluida Jenny, por supuesto.

viernes, 26 de abril de 2013

Volver a "mi Londres"

Dedicado a Ander, como prueba de vida.

Bueno, no sé si esto es volver con la frente marchita, o ya vas a volver con el caballo cansado, o tal vez ninguno de ellos. Justo hace unos días le decía a Rolo que volver de las vacaciones cada vez se hace más difícil. Esta vez se me fue un poco la mano; desde la última vez tuvimos vacaciones en Grecia, yo me fui una semanita a recorrer Florencia y Roma con mi viejo, nos dimos el lujo de hacer una visita fugaz a Bilbo, acorté el invierno con 3 semanas en el Río de la Plata, más una semana extra en el País Vasco, y ahora acabamos de volver de unos días en Brujas y París. (algunas fotos aquí)

Así que la resaca está más que justificada, para mí que me justifico fácil con estas cosas. 

Estas últimas semanas estuve pensando mucho en Londres, en la gente a nuestro alrededor, y en las rutinas cotidianas. Durante los últimos cuatro meses estuve leyendo, a cuentagotas y de a ratos como es mi estilo, el libro Londoners, de Craig Tailor. Más de 80 entrevistas a distintas personas relativamente "normales" (si es que eso existe, especialmente en esta ciudad), cada uno con su visión particular de la ciudad y lo que para ellos representa. Tiene muchos capítulos interesantes como el de la voz del metro (que se puede escuchar aquí), pero los que más me dejaron pensando son aquellos de los que lo sufren, los que lo encuentran difícil, duro. Como el que dice: "If you're not willing to put in the effort in this city, don't come here. Effort is rewarded, no question. I don't find any problem with that. Social life, hang around in pubs drinking beer? Forget it. As my father says, it takes not the wits of a donkey to drink 5 pints of Guiness and fall down. Right?" No puedo evitar sentirme identificado con la noción de que Londres requiere esfuerzo, que ofrece recompensas de un gran potencial, pero que también requiere sacrificio. Y que el balance es muy difícil de conquistar.

Otro: "In London everything "feels" like it's on offer. If I can have anything, what is it I actually want? Possibility is the problem, when everything presents an opportunity. Living like that is horrible, I think, because how are you ever to be happy? You're not, you're just not. Because you're always going to be considering the other options. When are you actually happy and satisfied with what you've got? I guess you're not and maybe London just likes to rub it in." Hay días, no todos por suerte, en que estas frases me suenan a axioma, a verdad universal. ¿Cómo se sobrevive tanta oferta, tanta sobre-exposición? Discernir, descartar, decidir, disfrutar. Easier said than done.

U otro que se fue, y se explica: "I do think that you have to have a lot of energy if you want to go and live in London. I can't be bloody bothered any more. A couple of days is all I can go for now."

Es complicado. Lo difícil, parafraseando a nuestro amigo Fede, es asumir que una vez que te fuiste de un lugar hay un quiebre que no se puede remendar. Que ya no sos de allá, ni tampoco serás de acá. Pero especialmente que eso en sí no es algo malo, que esa sensación de estar fragmentado, incompleto, puede tener un costado de energía positiva, de nostalgia dulce. Que por supuesto, te mantiene en movimiento.

¿Y de eso se trata, no?


PD: esta entrada, que me quedó bastante más negativa de lo que hubiera querido, estuvo en el freezer por varias semanas pues la sabía muy parcial. Estaba esperando que apareciera su contraparte, la otra cara de la moneda, la otra faceta de "mi Londres" que sabía estaba a la vuelta de la esquina. La próxima entrada, que ya está en las gateras, presenta una de las manifestaciones de esa otra cara..

domingo, 9 de septiembre de 2012

Reconciliación olímpica, take 3

A veces me gustaría pensar que mi "blogueo" es como el contrato de algunos de mis compañeros de laburo: term-time only. Así se justificarían mejor estas 10 semanas de "vacaciones". Claro que si ese fuera el caso a partir de ahora no tendría "licencias" hasta el próximo mayo... not gonna happen. Lo que además no podría justificar son los dos intentos fallidos de entrada que se quedaron en meras introducciones. Pero bueno, en honor a "lo que pudo haber sido", aquí van:
 
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Julio 2012.
 
It's like ra-i-ain- on your wedding day, it's a free ride...
 
El miércoles fue un día para viajar al pasado, para revivir otros tiempos. Teníamos planes para la tarde, así que me pedí el día en la biblioteca. Aún así, al mediodía fui a la Universidad ya que había arreglado para almorzar con algunos compañeros.
 
Pero como no tenía laburo, cambié camisa por t-shirt, botas por championes, y dejé los lentes en casa. Look "pendex" según diría Carlín Calvo. Y tan es así que al llegar a la biblioteca uno de mis compañeros me dijo que parecía "de 18". Se ve que la crema antiarrugas está funcionando...
 
Pero bueno, si yo tuviera 18 estaríamos en 1996, lo cual es apropiado porque en esos tiempos estaba de moda Alanis Morisette, y a la tarde teníamos entradas para verla en concierto.
 
Hicimos un rato de cola hasta que abrieron las puertas del Brixton Academy, pero en un periquete estábamos dentro, expectantes, mientras la sala se llenaba poco a poco. Con el escenario a oscuras continuamos con el viaje al pasado, ya que de música ambiente sonaban Bjork, Beck, Air, y Sigur Ros.
 
- o - o -
 
Agosto 2012.
 
Empieza la liga, empieza el sufrimiento.
 
And so it goes on...
 
Otra vez en la vía. Literalmente, en la vía de un tren que se aleja de Londres en dirección sureste, es un buen momento y lugar para recapitular sobre lo que va del verano. Hoy es un día bastante excepcional porque hasta ahora este verano, de verano tuvo muy poco.
 
A principios de julio nos visitó Liliana y recién al décimo día la lluvia le dio una tregua y el sol se dejó ver por un rato. Claro que para entonces Liliana ya estaba en el aeropuerto. Le tocó vivir un Londres muy auténtico, muy fiel a lo que han sido estos últimos meses.
 
- o - o -
 
El viaje al pasado con Alanis valió mucho la pena. En su momento pensé en explayarme sobre su comportamiento sobre el escenario, y cómo parecía por momentos que tenía una especie de trastorno obsesivo-compulsivo. Pero ahora, con un par de meses de perspectiva parece un detalle básicamente menor e irrelevante. Por suerte en el recuerdo quedan con mucha más fuerza las buenas sensaciones del concierto.
 
En cuanto al verano... ése sí que ya casi parece una cosa del pasado, y este fin de semana soleado y caluroso tiene un cierto feeling de "esto es lo último que tengo para ofrecer por este año", pero al menos estoy tratando de sacarle el jugo. Esta mañana me fui a jugar al tenis con un compañero de laburo, y a la tarde me vine al río a ver qué tenía para ofrecer el Thames Festival.
 
Ahora estoy en la cafetería del sexto piso de la Tate Modern, con buenas vistas al río y a St. Paul's, y una copita de Cabernet por compañía.
 
 
 
Por supuesto preferiría la compañía de Lore, pero ella estará ahora mismo a la vera de otro río, degustando otros vinos, e falando Portugués.
 
Por suerte nos queda más verano por delante, aunque no será en esta isla sino en otra mucho más al sur. Y por suerte también el verano que pasó nos deja muy buenos recuerdos, felices rencuentros con amigos, visitas a nuevos destinos, muchos kilómetros de carretera y más sol.
 
Con un guiño al term-time only, y en honor al "lo bueno, si breve, dos veces bueno", lo dejo por acá. Con suerte y viento a favor, la próxima entrada no será en otoño.

lunes, 25 de junio de 2012

Sunday ramblings XI: Bloody Bank Station

Hoy en día es tan raro que me tome el metro para ir a Central London... cada vez que lo hago veo en las caras de la gente los trazos de historias imaginadas que me atraviesan y se van, cada uno con su secreto inexpugnable.

Es algo que por lo general disfruto inmensamente. Sin embargo, si el periplo requiere cambiar en Bank la situación cambia radicalmente.



Cada estación tiene su personalidad, se podría decir; sus cualidades definitorias y singulares. Angel tiene la escalera mecánica más larga, Bethnal Green su pasado trágico, Whitechapel su cercanía al subcontinente Indio, and so on.

Si detesto Bank no es por su connotación como centro del centro de la cuna del capitalismo, sino por su sistema de ventilación y por su olor. Otra particularidad de las estaciones de metro es que algunas tienen su propio olor, y el de Bank es el peor de todos. Y el cambio de línea, de la Central a la Northern, o viceversa, toma unos fétidos 10 minutos.

Así que hoy otra vez, durante 10 largos minutos, subo el volumen, aprieto el paso, y veo pasar historias por escribir.

Weekly pints count: 0
Después de la semana pasada, y ante la semana que se avecina, éste iba a ser sin dudas un periodo de descanso etílico.

domingo, 17 de junio de 2012

Sunday ramblings X: El primer Oriental en las Highlands

Necesitábamos vacaciones. 

La Reina estaba festejando cumpleaños, y como buena doña generosa que es nos regaló a nosotros, simples plebeyos, un feriado extra.

Nosotros aprovechamos la ocasión para mandarnos mudar a Edimburgo, ciudad que Lore conocía de pasada y que me quería mostrar hace tiempo. Y ya que estábamos por allí, aprovechamos para hacer un tour por las Highlands escocesas.

Las Highlands ocupan el 75% del territorio escocés, pero allí sólo vive un 20% de la población. Los paisajes de montañas, lagos y castillos son tan impresionantes que no creo poder hacerles justicia con palabras.


Durante el tour de 3 días Carole, nuestra guía, fue mezclando clases de historia con humor escocés y muchos dardos hacia los ingleses. Los quieren tanto como nosotros a los argentinos, o los vascos a los españoles.

Entretanto, aprendíamos el significado de varias palabras frecuentes en el gaélico escocés, como Loch, Glen Ben, Failte, o Aye (lago, valle, montaña, bienvenido, sí). Y también datos curiosos y sorprendentes, como que el Irn-Bru, un refresco que es "la segunda bebida nacional", tiene más ventas en Escocia que la coca-cola. Aparentemente sólo en Escocia y en Perú la coke no es namberguán en ventas. Yo me auto-excluí de probar whisky cuando pasamos por una destilería, pero no me iba a quedar sin catar Irn-Bru... a todo aquél que haya probado alguna vez un chicle Doble Globo de frutilla el sabor le resultaría familiar.

Nuestra base en las Highlands fue Fort Augustus, un pueblo minúsculo a orillas de Loch Ness. Allí, la primera tarde, fuimos al Clansman Centre donde Ken, un true Highlander al decir de Carole, nos hizo una demostración de cómo era la vida en las Highlands hasta mediados del Siglo XVIII, incluyendo cómo plegar y vestir la kilt, qué tipo de armas se usaban en batalla, y la dinámica de la vida cotidiana en las típicas moradas escocesas de la época.

Fue una experiencia de lo más interesante y al finalizar me demoré un poco para felicitar a Ken. Nos pusimos a conversar y, lógicamente, me preguntó de dónde venía. Resultó que yo era el primer uruguayo que había visto por allí (no era el primero en decírmelo ese día; aparentemente también fui el primer uruguayo al que Carole guiaba en el tour), pero Ken, a pesar de su aspecto highlander con kilt y espada resultó que había vivido durante años en Valencia, trabajando para la Jaguar, y había visitado Bilbao en varias ocasiones, en tiempos en que la amenaza de ETA era mucho mayor.

Por desgracia, mientras me contaba todo esto y charlábamos sobre lo bien que se come en el País Vasco, Ken no tuvo mejor idea que cambiarse de ropa... se quitó la kilt y se puso unos vaqueros de lo más normales. Dejó el escudo y la espada y se puso una camisa (que ni siquiera era a cuadros!). En un momento, Ken the Highlander se convirtió en Ken el de la Jaguar, lo que le quitó un poco de impacto a la historia precedente, pero fue de todas formas una situación curiosa de principio a fin.

Fort Augustus... un pueblito casi de ensueño en el que si uno tuviera que vivir, seguramente se volvería loco. Estábamos aún a 20 días del solsticio de verano, pero a las "11 de la noche" todavía era de día. Y lógicamente, en invierno la situación es inversamente dramática. Sumado al frío del lugar, un combo que no es para cualquiera. Pero ante los 5 locks del Caledonian Canal que unen Loch Ness con Loch Oich, con las montañas de fondo, uno se podía distender en un momento de contemplación satisfecha, o satisfacción contemplativa.


El segundo día partimos en dirección oeste hacia la Isla de Skye y en cierto modo, otra vez, fue como haber cambiado de país. Luego de una parada intermedia en un pequeño pueblo que iba a ser nuestro último contacto con "la civilización" (un supermercado donde comprar algo para el almuerzo, y baños públicos) por un buen rato, nos metimos en una carretera vecinal (por ser generoso) hacia el extremo sur de la Isla, para ir a un pueblo llamado Elgol.

Elgol me hizo acordar un poco al Cantábrico, por la proximidad de las montañas al mar, pero también a ciertas zonas de la costa de Rocha por los paisajes despojados y el olor a mar. Claro que ver ovejas caminando entre las rocas al lado del mar, con las montañas de fondo... eso es algo que no había visto nunca hasta ahora...


Más fotos del viaje, aquí.

Weekly pints count: 4.5 + 1 riojita
El final de esta semana estuvo un poco más sociable que de costumbre, con reuniones con los compañeros de laburo de Lore el jueves, con los míos el viernes, y con mis ex-compañeros el sábado. Se siente como un diciembre cualquiera en Montevideo! Claro que de sol y/o verano mejor no hablamos...

jueves, 24 de mayo de 2012

Here comes the sun (du ru du du!)

Bueno!

Luego de un par de semanas complicadas en el laburo, de esas que te dejan desganado, parece que finalmente se está dando vuelta la tortilla.

A menos de un mes del verano, como estaba previsto la primavera sigue brillando por su ausencia. Pasamos de escasos 10 grados al bochorno sin transición. Esta mañana me encontré con esto en BBC Weather:


No son las mejores condiciones para trabajar, pero no me quejo (especialmente porque no vuelvo al laburo por otros 3 días!).

Durante el único atisbo primaveral que tuvimos, un día en que entre tanta miseria consecutiva pronosticaron un día de sol, nos fuimos en tren a Salisbury y de allí a Stonehenge. Estuvo bien el paseo, si bien la experiencia de estar frente a los menhires fue un poco underwhelming, tal vez porque el lugar estaba atiborrado de turistas (como nosotros). De todas formas fue interesante y nos lo tomamos con humor.


Y cambiando de tema, aunque de fútbol no quiero hablar mucho... si bien el Arsenal se aseguró el tercer puesto en la Liga (una hazaña considerando cómo empezó el año), desde entonces las noticias no fueron las mejores. La final de la Europa League fue una decepción, la final de la Champions League fue un bajón, el clásico no terminó muy bien, que digamos, y mañana es la final de la Copa del Rey, que está complicada para los Leones.

Pero bueno, lo que me llevó al fútbol fue esta foto en la portada de hoy en The Guardian:






Me pareció curioso que para ilustrar a los 50 targets de este verano, hayan usado a dos uruguayos y a un vasco. Estamos en todo.

Y bueno, me despido como arranqué, saludando a Lorenzo.





Weekly pints count: 0
Esta semana no hubo ales pero sí visita al pub, adonde fui con Anna (una compañera de la biblioteca que acaba de pasar de Whitechapel a Mile End) a hacer un poco de catch-up, y de paso tomarme unas copas de vino blanco, cosa que hace tiempo no hacía.